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PorMax Stroh Kaufman

Nakba – Ficción o realidad? Primera parte

Nakba

 

¿Qué es Nakba (1) y a qué se refiere el término Nakba?

Para cualquier persona no árabe, incluso no judía, Nakba es una palabra desconocida.

Para saber qué es, qué significa, recurrimos a la fuente de información más grande y completa que existe en el momento, llamada Wikipedia

Allí, Nakba está definida como

“un día de luto nacional entre los palestinos que evoca la Nakba, la expulsión o huida de gran parte de la población palestina de sus hogares como consecuencia del nacimiento del Estado de Israel en 1948. Se suele conmemorar el 15 de mayo, justo después del 14 de mayo, día del calendario gregoriano en el que los israelíes declararon su independencia La conmemoración oficial de este día fue proclamada por primera vez por Yasir Arafat en 1998, coincidiendo con el cincuenta aniversario del nacimiento de Israel”

Quién está, del lado palestino organizando la Marcha del Retorno, que se llama en español, Consejo Nacional Supremo de la Marcha del Retorno.anunciaron el comienzo de los preparativos para la marcha que se llevó a cabo el día de ayer, 11 de mayo.

Esto. dijeron, será un ensayo general para una marcha a gran escala el 14 de mayo a lo largo de la frontera con Israel.

 

“Pedimos a todos los palestinos que conviertan el próximo viernes en una fecha para los preparativos de la marcha del 14 de mayo con la participación de millones”, fue el mensaje de este consejo.

Lo anterior, teniendo en cuenta que la marcha del 14 de mayo coincidirá con la apertura de la Embajada de los EE. UU en Jerusalem.

 

Las fuentes pro árabes dicen que entre 1947 y 1949, más de 750,000 palestinos fueron expulsados por la fuerza por milicias sionistas que crearon el estado de mayoría judía de Israel (2)… con esto ya contamos que “el desalojo no fue en un sólo día”, como se quiere hacer ver con esta denominación de “dia de desastre o Nakba”

 

Una de las formas pacíficas con la que los pro árabes quieren enseñar acerca de este desastre o catástrofe es a través del libro Nakba.

El libro Nakba: Palestina, 1948, y los reclamos de la memoria. escrito por Ahmad H. Sa’di, Lila Abu-Lughod se encarga de dar detalles acerca de las diferentes formas en que los palestinos experimentaron y conservan en memoria los acontecimientos de 1948.

Es un libro donde los autores muestran la urgencia de la cuestión de la memoria para comprender la historia impugnada del presente.

También, y pareciendo ser una lección aprendida del Holocausto judío, donde si no existe memoria fotográfica y fílmica de los eventos, rápidamente puede ser olvidada, entonces Diana K. Allan (3) ha estado recuperando datos fílmicos de sobrevivientes del “desastre” o Nakba de 1948

 

Cómo comenzó esto para llegar a Nakba?

 

Lo primero que se puede citar como antecedente,  es el “pacto secreto” denominado Acuerdo Skyes-Picot en el cual se hace la “repartición” del gran territorio Palestino entre Francia y Gran Bretaña

El segundo, la Declaración Balfour, la cual es una manifestación formal del Gobierno británico, publicada el 2 de noviembre de 1917, en la que el Reino Unido se declaraba favorable a la creación de “un hogar nacional judío” en el Mandato Británico de Palestina.

Entendiéndose claramente que no se debe hacer nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político que disfrutan los judíos en cualquier otro país…

Esta declaración, es considerada como el primer reconocimiento de una potencia mundial de los derechos del pueblo judío sobre la “Tierra de Israel”, y fue incorporada en el Tratado de paz de Sèvres entre Turquía y el Mandato Británico de Palestina.

Declaración que coloca a la autoridad británica  la obligación de de colocar al país bajo las condiciones políticas, administrativas y económicas que aseguren el establecimiento del hogar nacional judío, tal como se establece en el preámbulo, y el desarrollo de instituciones autónomas, y también para salvaguardar a la población civil. y los derechos religiosos de todos los habitantes de Palestina, independientemente de su raza y religión.

 

Si revisamos los escritos y la bibliografía también encontramos que, un 29 de noviembre de 1947, la ONU firmó una declaración en la cual se subdivide un territorio controlado por el Imperio Británico, en dos sectores: uno para los judíos y otro para los árabes.

Un territorio que, entre 1880 a 1948 se llamaba Palestina, pero que comprendía lo que HOY es Israel, Jordania, Líbano y Siria (4) (estas últimas fueron entregadas a Francia)

Los datos que se tienen registrados de esta votación fueron de 33 naciones a favor, 13 en contra y 10 abstenciones. (5)

La presidencia de este organismo estaba a cargo del brasileño Osvaldo Aranha

Esto fue la Resolución 181 de las ONU.

Es por todos conocido que Gran Bretaña había ocupado esta región conocida como Palestina durante la Primera Guerra Mundial, y en julio de 1922, la Liga de Naciones emitió su mandato para Palestina, que reconoció al gobierno británico como la potencia ocupante y efectivamente le confirió la autoridad legal para administrar temporalmente el territorio .

Y las Naciones Unidas votaron el fin del Mandato Británico y la partición de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe

(En ninguna parte de la resolución se establecía que alguno se llamase Palestina, sino que eran parte de Palestina).

Pero, ¿De dónde sale o surge el nombre de Palestina para esta región?

En el Siglo 2 de la Era común, se genera una de las múltiples ofensas romanas sobre el pueblo judío.

Nombrar esta región como Palestina.

Palestina se escribía en latín Phalistina y hacía referencia a los filisteos, que la Biblia menciona desde Josué hasta David. Significa “pueblo del mar”.

Habían llegado desde Creta, probablemente tras la implosión de la civilización minoica, y se establecieron en la costa suroeste del territorio.

Jamás lograron conquistar el resto del país y terminaron integrados por completo en el reino de David.

Escribió Marcos Aguinis (6): La palabra Phalistina, además, no tuvo suerte.

A ese territorio —que adquirió relevancia extraordinaria por la Biblia, base del cristianismo y luego del Corán— los judíos lo siguieron llamando Eretz Israel (‘Tierra de Israel’) y los cristianos Tierra Santa, y después los árabes lo bautizaron Siria Meridional.

Los cristianos fundaron el efímero reino latino de Jerusalén en la primera Cruzada, y durante el Imperio Otomano se convirtió en una provincia irrelevante: el vilayato de Jerusalém.

El país perdió brillo, se despobló y secó.

Viajeros del siglo XIX como Pierre Loti y Mark Twain testimonian en sus escritos que atravesaban largas distancias sin ver un solo hombre.

 

La reacción no se hizo esperar

Recordemos que unas semanas antes de la votación del Plan de Partición, en una entrevista publicada en el periódico egipcio Akhbar el-Yom el 11 de octubre de 1947, el secretario general de la Liga Árabe, Azzam Pachá, lanzó esta advertencia:

“Personalmente, espero que los judíos no nos obliguen a la guerra, porque sería una guerra de exterminio y de terrible matanza, comparable a los estragos de los mongoles y a las Cruzadas.” (7)

El 9 de diciembre, el representante sirio ante la ONU, Faris El-Khouri, observó que “la Asamblea General no es un gobierno mundial que puede dictar órdenes, dividir países o imponer constituciones”

El 17 de diciembre, la Liga Árabe (8) aprobó una resolución que rechazaba frontalmente la de la ONU y en la que advertía que, para evitar la ejecución del plan de partición, emplearía todos los medios a su alcance, incluyendo la intervención armada.

Quien llegaría, en algún momento primer ministro de Israel, Menahem Beguin advirtió que la partición no traería la paz porque los árabes atacarían el pequeño Estado de Israel, y declaró “En la guerra que está por venir tendremos que estar solos, será una guerra por nuestra existencia y nuestro futuro.

El 6 de febrero de 1948, el Comité Superior Árabe volvió a comunicarle al Secretario General de los Estados Unidos su posición de que el plan de partición era “contrario a la letra y al espíritu de la Carta de las Naciones Unidas”.

La U.N. “no tiene jurisdicción para ordenar o recomendar la partición de Palestina. No hay nada en la Carta que justifique tal autoridad, en consecuencia, la recomendación de partición es ultra vires y, por lo tanto, nula e inválida “.

 

“Los árabes de Palestina nunca reconocerán la validez de las recomendaciones de partición extorsionadas o la autoridad de las Naciones Unidas para hacerlas”, declaró el Comité Superior Árabe,

También “considerarían que cualquier intento de los judíos o cualquier poder o grupo de los poderes para establecer un Estado judío en el territorio árabe es un acto de agresión que se resistirá en defensa propia por la fuerza “.

Otros datos

Es importante recordar que Gran Bretaña, cortó en tres tercios de la Palestina que estaba bajo su mando, en dos de estos tercios, se inventó el reino de Transjordania, donde allí instaló al hachemita Abdulá, hijo del jerife de La Meca.

¿Que quiere decir esto? Que el lado oriental del Jordán, quedó a cargo de el recién fundado reino de Transjordania, mientras que el lado occidental “era el que debía ser repartido”

Cometió el delito de quitar derechos a los judíos, que reclamaban parte de ese territorio, y lo convirtió en el primer espacio judenrein (‘limpio de judíos’) antes del nazismo, porque no permitía que allí se instale judío alguno.

 

Antes de que se iniciara el conflicto bélico Israel – Países árabes, el líder árabe de Palestina Haj Amín el Huseini, el gran muftí de Jerusalém, fue quien tuvo la idea brillante de ordenar a su gente que abandonase Palestina.

Esto debía ser rápido, para permitir que Siria, Irak, Líbano, Egipto, Arabia y Transjordania pudiesen empujar a los judíos al mar sin tener que molestarse en esquivar la presencia de árabes en su camino.

Esta posición fue la causa que se reportaran más de 750.000 refugiados palestinos con el Nakba entre 1948 y 1949.

Israel firmó tratados de paz, en ese entonces con Egipto, 24 de febrero de 1949; Líbano, 23 de marzo de 1949; Jordania, 3 de abril de 1949; Siria 20 de julio de 1949…

No se encuentra reportado ningún documento donde se demuestre que se le haya prohibido el regreso a los “palestinos” de ese entonces.

Fin de la primera parte

 

Terminado de recopilar y redactar el 13 de mayo de 2018 – 28 de Iyar de 5778 – 27 de Sha´ban 1439

 

PorMax Stroh Kaufman

Breve historia de Israel y Palestina

Breve historia de Israel y Palestina

Escrita por Marcos Aguinis – Publicado en Elmed.io

(Escritor argentino nacido en 1935, quien ha sido secretario de Cultura de la Nación, y ha recibido premios como El Premio Planeta, la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, y designado por Francia como Caballero de las Letras y las Artes, entre otros)

 

No es fácil reducir una historia larga a unos cuantos artículos cortos. Lo intentaré.

El pequeño espacio que se disputan árabes y judíos se encuentra ubicado en un conflictivo lugar. Las crónicas más viejas documentan pulseadas entre Egipto al sur y Mesopotamia al norte. Luego vinieron las sangrientas conquistas asirias, babilonias, persas, griegas, romanas, árabes, cristianas, turcas e inglesas, hasta llegar al día de hoy, en que se eterniza la confrontación entre pueblos arraigados a esa tierra que, para respaldar sus derechos, se basan en sus propias narrativas.

Un chiste judío propone que los antiguos israelitas marcharon de Egipto a Canaán por la tartamudez de Moisés. Dios le ordenó: “Lleva a mi pueblo a la Tierra Prometida, la tierra que mana leche y miel; llévalos a Canadá”, y Moisés repitió con gran esfuerzo: “¡Vamos a Can… can… na… án!”. Y allí los encajó.

El vocablo Palestina no existía. No es mencionado ni una vez en la Biblia ni en ningún otro documento de la antigüedad.

Los israelitas consiguieron unificar a las diversas tribus y pueblos que habitaban entre el río Jordán y el Mediterráneo. David, mil años antes de la era cristiana —había nacido en la aldea de Belén (Beit-léjem, en hebreo, ‘casa del pan’)—, convirtió en su capital el vecino y estratégico caserío jebuseo, ubicado a pocos kilómetros al norte; le impuso el nombre de Jerusalén (en hebreo, “ciudad de la paz”). Su hijo Salomón construyó allí el Templo. Después se produjo una escisión entre los habitantes del norte y el sur del pequeño país. El norte se llamó Reino de Israel y el sur, Reino de Judá. Los asirios conquistaron y destruyeron el reino del norte. Siglos después los babilonios hicieron lo mismo con el del sur. Unas siete décadas más tarde el emperador Ciro, de Persia, auspició el regreso a Jerusalén de los exiliados de Judá, quienes ya habían empezado a cantarle salmos de exquisita inspiración:

Si me olvidara de ti, oh Jerusalén, que mi diestra se paralice y mi lengua se pegue a mi paladar.

Luego de la breve conquista helénica, los macabeos recuperaron la independencia de Eretz Israel (‘Tierra de Israel’), que duró hasta la conquista romana. Los emperadores Vespasiano y Tito tuvieron que poner el pecho para frenar las sublevaciones judías y arrasaron Jerusalén, el Templo y varias fortalezas. Pero la resurrección de Judea era un problema que no lograban impedir. No olvidemos que un agravio adicional a Jesús —herido con infinita crueldad y aparentemente derrotado— fue instalar sobre la cruz una sigla elocuente: INRI (Jesús el Nazareno, rey de los judíos). ¡Vaya rey!, se burlaron los romanos mientras disputaban sus despojos.

¿Y Palestina?

Todavía nada, inexistente.

Un siglo y medio después de Cristo se produjo otra importante sublevación. Jerusalén estaba en ruinas, el templo arrasado, las fortalezas de Herodion y Masada hechas añicos.

Un guerrero llamado Bar Kojba reinició la lucha, enloqueció a varias legiones romanas y consiguió una relativa independencia. Los romanos tuvieron que mandar la desproporcionada cifra de ochenta mil hombres, al mando del famoso general Julio Severo. Cuando consiguieron penetrar en la última fortaleza de Bar Kojba, tras un prolongado sitio, lo encontraron muerto, pero enrollado por una serpiente.

El oficial romano exclamó: “Si no lo hubiese matado un dios, ningún hombre lo habría conseguido”. Adriano era el emperador de turno. En su libro Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar dedica muchas páginas a ese levantamiento.

El emperador lucubró cómo poner fin a las reivindicaciones de los judíos por su querida Judea y su venerada Jerusalén. Primero les prohibió visitar Jerusalén, convertida en una guarnición militar, y pronto cambió el nombre a la ciudad por el de Aelia Capitolina. Al mismo tiempo, cambió la denominación de Judea o Israel por Palestina.

¡En ese momento apareció Palestina por primera vez! ¡Era el siglo II E.C.!

¿De dónde se obtuvo el vocablo? Fue otra ofensa romana. Palestina se escribía en latín Phalistina y hacía referencia a los filisteos, que la Biblia menciona desde Josué hasta David. Significa “pueblo del mar”.

Habían llegado desde Creta, probablemente tras la implosión de la civilización minoica, y se establecieron en la costa suroeste del territorio. Jamás lograron conquistar el resto del país y terminaron integrados por completo en el reino de David.

Nunca más hubo filisteos ni grupo alguno que los reivindicase. Se convirtieron en judíos. Quizás Einstein, Kafka, Marc Chagall, Ariel Sharón, Golda Meir y muchos otros notables descienden de antiquísimos filisteos convertidos en judíos, ¿quién lo puede saber?

La palabra Phalistina, además, no tuvo suerte. A ese territorio —que adquirió relevancia extraordinaria por la Biblia, base del cristianismo y luego del Corán— los judíos lo siguieron llamando Eretz Israel (‘Tierra de Israel’) y los cristianos Tierra Santa, y después los árabes lo bautizaron Siria Meridional.

Los cristianos fundaron el efímero reino latino de Jerusalén en la primera Cruzada, y durante el Imperio Otomano se convirtió en una provincia irrelevante: el vilayato de Jerusalén.

El país perdió brillo, se despobló y secó. Viajeros del siglo XIX como Pierre Loti y Mark Twain testimonian en sus escritos que atravesaban largas distancias sin ver un solo hombre.

Los nacionalismos judío y árabe nacieron casi al mismo tiempo.

El judío a fines del siglo XIX y el árabe a principios de XX. Este último floreció en Siria, a cargo de pensadores y activistas cristianos que recibieron influencias europeas.

Los sirios acusaron a los sionistas, es decir, a los nacionalistas judíos, ¡de haber inventado la palabra Palestina para quedarse con Siria Meridional! En realidad, ese nombre había resucitado como una palabra neutra frente al desmoronamiento del Imperio Turco.

* * *

La presencia judía en Tierra Santa fue una constante asombrosa. El alma judía añoraba año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio, la reconstrucción de Eretz Israel con intenso fervor, parecido al que, mucho antes, había florecido junto a los nostálgicos ríos de Babilonia. Nunca dejaron de repetir: “¡El año que viene en Jerusalén!”.

A fines del siglo XIX empezaron a llegar oleadas de inmigrantes que se aplicaron a edificar el país con caminos, kibutzim, escuelas, institutos técnicos y científicos, forestación obsesiva, universidades, teatros, naranjales, una orquesta filarmónica, aparatos administrativos. En 1870 fundaron en Mikvé Israel la primera escuela agrícola de la región.

Cuando terminó la Primera Guerra Mundial, Palestina fue desprendida de Siria y quedó en manos del conquistador británico por mandato de la Liga de Naciones. Quienes nacían en esa tierra eran palestinos, fuesen judíos o árabes.

Antes de la independencia, que volvió a recuperar la palabra Israel, los judíos se llamaban a sí mismos palestinos. Y hablaban de “volver a Palestina”.

El actual Jerusalem Post se llamaba Palestine Post y la Filarmónica de Israel se llamada Filarmónica de Palestina. ¡Pero eran entidades judías! Los antisemitas de Europa, toda América y África del norte les gritaban: “¡Judíos, váyanse a Palestina!”. Palestina era reconocida como el hogar de los judíos incluso por quienes los odiaban.

Los árabes tardaron en tomar conciencia de su propia identidad nacional. Al principio, hasta saludaron como beneficiosa la presencia del sionismo, como lo atestigua el encuentro entre Jaim Weizman, presidente de la Organización Sionista Mundial, y el rey Feisal de Irak.

Pero Gran Bretaña, advertida de la compulsión judía por su emancipación, cortó dos tercios de la Palestina que le habían adjudicado e inventó el reino de Transjordania, donde instaló al hachemita Abdulá, hijo del jerife de La Meca. Cometió el delito de quitar derechos a los judíos, que reclamaban parte de ese territorio, y lo convirtió en el primer espacio judenrein (‘limpio de judíos’) antes del nazismo, porque no permitía que allí se instalase judío alguno.

Tenebroso antecedente, desde luego. Pronto Gran Bretaña advirtió que sus aliados en la zona eran los árabes, no los judíos, y creó la Liga Árabe en 1945, para mantener su poder colonial. Olvidó que estaba allí para favorecer la construcción de un Hogar Nacional para el pueblo judío, el único que de forma permanente y con grandes sacrificios exigía la reconstrucción del país que le había dado su gloria. Es cierto que algunos judíos preferían que esa misión la cumpliese el Mesías y otros se volcaron a la causa de la revolución comunista, pero el núcleo central se agrupó en torno al sionismo, palabra que significaba —simple y elocuentemente— el renacimiento nacional y social del pueblo que más agravios, persecuciones y matanzas había sufrido en dos mil años.

Después de la Segunda Guerra Mundial arreció la demanda emancipadora judía.

La potencia colonial llevó el caso a las Naciones Unidas para provocar su condena. El tiro le salió al revés: las Naciones Unidas votaron el fin del Mandato Británico y la partición de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe (no establecía que alguno se llamase Palestina, sino que eran parte de Palestina). Los judíos celebraron la resolución, pero los países árabes en conjunto decidieron violarla sin escrúpulos y barrer “todos los judíos al mar”, como lo atestiguan documentos de la época.

El secretario general de la Liga Árabe amenazó con efectuar matanzas que dejarían en ridículo las de Gengis Khan. La guerra, por lo tanto, se presentaba como un hecho inminente. Y apuntaba a un nuevo genocidio, pocos años después del Holocausto. No había pudor en seguir asesinando judíos. Ni siquiera los que rechazaban semejante conducta propusieron una condena rotunda y eficaz.

El flamante Estado de Israel (nombre que adoptó, basado en la expresión hebrea Eretz Israel) no tenía armas —¿quién las vendería a un cadáver?— y debió enfrentar a siete ejércitos enemigos con las uñas y los dientes. Fue una lucha desesperada. ¡Los israelíes no contaban con un solo tanque ni un solo avión! La mayor parte de su armamento fue robado o arrancado a los británicos. Numerosos combatientes eran espectros que acababan de arribar, luego de sobrevivir en los campos de exterminio nazis. O triunfaban o morían. Fue la guerra en que cayó la mayor cantidad de judíos.

En algunos lugares recurrieron a estratagemas para impulsar la rendición o la huida de sus enemigos, en otros atacaron sin clemencia. Sabían qué les esperaba en caso de ser vencidos.

Los árabes estaban fragmentados entre quienes defendían sus tierras y quienes habían invadido y luchaban sin convicción. Al cabo de varios meses, con treguas que eran quebradas por alguno de los bandos, se llegó al armisticio y el trazado de fronteras arbitrarias.

Como consecuencia de esa guerra desigual —iniciada por los árabes—, aparecieron los refugiados.

Refugiados árabes y refugiados judíos. Estos últimos eran los ochocientos mil judíos expulsados de casi todos los países árabes en venganza por la derrota.

Los recibió Israel, pese a sus dificultades iniciales, y los integró a la vida normal, pese a que en ese tiempo y durante varios años debió sufrir un interminable bloqueo y mantener un estricto racionamiento.

Los seiscientos mil refugiados árabes, en cambio, fueron encerrados por sus hermanos en campamentos, donde se los aisló y sometió a la pedagogía del odio y el desquite. Transjordania usurpó Cisjordania y Jerusalén Este, medida que justificaba su cambio de nombre; a partir de 1949, en efecto, se empezó a llamar Jordania (ambos lados del río Jordán); Egipto se quedó con la Franja de Gaza.

La ocupación árabe de esos territorios duró 19 años. En esas casi dos décadas, ¡jamás se pensó ni reclamó crear un estado árabe palestino independiente compuesto por Cisjordania, Jerusalén Oriental y Gaza! Ningún presidente, rey o emir árabe o musulmán visitó Jerusalén Oriental, convertida en un villorrio sucio e irrelevante. No se permitía que los judíos fuesen a rezar al Muro de los Lamentos.

Sólo después de la Guerra de los Seis Días (conflagración que se produjo por la insistente provocación árabe), se produjo la ocupación israelí de esos territorios y otros más (toda la Península del Sinaí, las Alturas del Golán y trocitos de Transjordania). Entonces la historia pegó un brinco.

La Guerra de los Seis Días cambió la relación de fuerzas en el conflicto árabe-israelí. Digo bien, porque hasta ese momento no era un conflicto palestino-israelí. Los árabes de Palestina se llamaban “árabes de Palestina”, no “palestinos”. La diferencia es importante. Como señalamos, también los judíos se llamaban “palestinos” a sí mismos. El enfrentamiento se daba entre el Estado de Israel y todos los Estados árabes que habían intentado destruirlo desde antes de su nacimiento, violando la sabia y ecuánime resolución de las Naciones Unidas que ordenaba la erección de un Estado árabe y un Estado judío, lado a lado, con vínculos económicos fraternales.

Esa partición, votada en la Asamblea General el 29 de noviembre de 1947, se basaba en la distribución demográfica de entonces.

A los árabes se les otorgaba sus principales ciudades (y casi todos los sitios bíblicos, además); a los judíos, sus ciudades, colonias y la mayor parte del desierto. Los judíos lo celebraron, aunque muchos con tristeza, porque se quedaban sin porciones ligadas a su historia nacional y religiosa.

La guerra que los Estados árabes se empecinaron en llevar adelante, con el manifiesto propósito de realizar una matanza “que pusiera en ridículo a Gengis Khan”, produjo una catástrofe a ellos mismos. Hasta el día de hoy es sorprendente la falta de autocrítica por parte de esos Estados: iniciaron un conflicto cruel e innecesario, se privaron de tener un vecino moderno y estimulante como Israel y ocasionaron el sufrimiento de sus hermanos más débiles radicados en Palestina.

Además, no realizaron esfuerzos para integrarlos, sino que los persiguieron, discriminaron y hasta asesinaron en forma masiva, como en el Septiembre Negro de 1971. Allí cayeron más árabes palestinos por las balas jordanas y sirias que en todos los enfrentamientos con Israel. Antes y después cientos de miles tuvieron que pasar varias generaciones en campamentos, mantenidos por la limosna internacional.

Es el único caso de un alto cupo de refugiados que no pudo ser resuelto en tantas décadas, pese a la inversión multimillonaria que nutrió a una burocracia enorme y corrupta. Se convirtieron en un material humano que recibe caudalosas inyecciones diarias de victimización y resentimiento. Por lo cual quedan imposibilitados de trabajar en forma sostenida hacia un futuro mejor.

El presidente de Egipto, Gamal Abdel Naser, adquirió un fuerte liderazgo gracias a su empeño panarabista, su acercamiento con la Unión Soviética y su alianza con los países no alineados (entre los que figuraban países cuya no alineación al capitalismo o al comunismo era una grosera hipocresía, como China, Cuba o Yugoslavia). Consiguió formar con Siria la República Árabe Unida, que era el comienzo de una federación destinada a unir todo el mundo árabe.

Su propósito no entraba en contradicción con la existencia de Israel, según entendió este país, y David ben Gurión le propuso integrarse a su proyecto. Naser no quiso ni siquiera escucharlo y redobló su agresividad.

Bloqueó el Estrecho de Tirán, que permite el acceso al Golfo de Akaba, y de esa forma pretendió matar el puerto israelí de Eilat. Manifestó que ansiaba convertir en realidad el sueño de arrojar a los judíos al mar mediante la demolición de Israel, como lo testimonia la prensa de entonces. Compró gran cantidad de armas para llevar a cabo ese propósito.

Las súplicas internacionales destinadas a evitar otro genocidio resultaron estériles. Iba a realizar su ataque mediante una pinza mortal: Egipto desde el sur y Siria desde el norte. Siria expresó su acuerdo mediante disparos cotidianos desde las alturas del Golán contra las poblaciones israelíes que rodeaban el bíblico lago de Galilea. Aba Eban, canciller de Israel, recorría angustiado las principales capitales del mundo para rogar que disuadieran al presidente egipcio.

Fue inútil, porque Naser llegó al extremo de exigir que las Naciones Unidas retiraran las tropas que evitaban los choques entre ambos países; quería tener libre la ruta de su masivo ataque bélico. Ante un estupor mundial, el entonces secretario general de la ONU, el birmano U Thant, le dio el gusto y ordenó la evacuación de esas tropas. Naser tenía luz verde para iniciar los combates.

No sólo los judíos, sino millones de personas se conmovieron ante la inminencia de una tragedia que reproduciría el Holocausto.

Fue entonces cuando estalló la Guerra de los Seis Días, porque horas antes del colosal ataque árabe la aviación israelí tomó la iniciativa y pudo cambiar el curso de la historia. Al principio las emisoras árabes mintieron a sus audiencias informando sobre inexistentes triunfos.

El primer ministro de Israel, Levy Eshkol, pidió al rey Husein de Jordania que no se incorporase a la agresión de Egipto y Siria, porque Israel no quería un tercer frente. Pero Husein, presionado por Naser, avanzó sobre Jerusalén y otros puntos de la larga y accidentada frontera.

Entonces Israel, luego de aplastar a egipcios y sirios, tuvo que dirigirse también contra los jordanos. En esa contienda les arrebató Cisjordania, que usurpaban desde 1948.

La opinión pública internacional no podía salir del asombro.

El diminuto Israel volvía a ganar. En los organismos internacionales el bloque comunista, aliado con los árabes, puso el grito en el cielo y exigió la devolución incondicional de los territorios conquistados, sin tener en cuenta —¡de nuevo!— la responsabilidad de Egipto, Siria y Jordania, ni exigir que firmasen la paz.

Los verdaderos territorios conquistados eran la península del Sinaí y las alturas del Golán, que no se consideraban parte de Palestina desde el trazado de fronteras que realizaron, con cierta arbitrariedad, las potencias coloniales luego del desmembramiento del Imperio Otomano.

Técnicamente, Cisjordania y Jerusalén fueron liberadas de la ilegítima ocupación jordana, y la Franja de Gaza de la ocupación egipcia: los israelíes no lucharon contra los árabes-palestinos, sino contra Estados árabes poderosos que ocupaban buena parte de la Palestina histórica.

Ya es hora de disipar esta confusión.

No obstante su victoria, Israel propuso grandes devoluciones territoriales a cambio de la paz.

Como respuesta, la Liga Árabe se reunió en Jartum y, estimulada por Naser, escupió a Israel los famosos Tres Noes: No a las negociaciones con Israel, No al reconocimiento de Israel, No a la paz con Israel. Es decir, continuar con el odio y los enfrentamientos.

Israel, por el contrario, decidió en forma unilateral que todas las mezquitas y los lugares sagrados del islam fueran administrados por autoridades musulmanas.

Las ciudades y aldeas árabes debían estar a cargo de intendentes árabes democráticamente electos, muchos de los cuales, como el de Belén, permanecieron en el cargo durante décadas y mantuvieron excelentes relaciones con el Gobierno israelí.

Cientos de miles de árabes de Gaza y Cisjordania encontraron trabajo en las poblaciones de Israel. Los benefició el turismo, que habían desconocido hasta entonces.

Parte significativa de sus productos eran comprados por los mismos israelíes. Se registraron encuentros entre judíos y árabes que habían sido amigos antes de 1948 e incluso se celebraron casamientos mixtos.

Después de la Guerra de Iom Kipur, en 1973 (también iniciada por Egipto), el nuevo presidente de Egipto, Anuar el Sadat, empezó a reconocer que no tenía sentido negar la existencia de un país tan sólido como Israel. Ante la sorpresa universal, decidió visitar Jerusalén.

Aunque esperaba ser bien recibido, no esperaba que lo aplaudieran y agasajaran con una lluvia de júbilo y gratitud. Empezaron las negociaciones con el duro Menajem Beguin y, en menos de un año, se firmó la paz entre ambos países.

A cambio de la paz, Beguin aceptó entregar hasta el último grano de arena del desierto del Sinaí. Y no sólo arena: entregó aeropuertos, pozos de petróleo, rutas, centros turísticos y hasta ordenó la evacuación de la populosa ciudad de Yamit, construida entre Gaza y el Sinaí, para que nada de Israel permaneciera en territorio egipcio.

El encargado de evacuar por la fuerza a los colonos judíos fue Ariel Sharón.

Este general no imaginaba que, mucho después, debería repetir el operativo en la Franja de Gaza. Con esta cesión de tierras equivalentes a casi tres veces el tamaño de Israel, caía la acusación de su vocación expansiva, por lo menos entre quienes piensan con lógica. Por supuesto que esta paz fue duramente condenada por todos los demás países árabes.

En el tratado con Egipto, Israel prometió la autonomía de los árabes que habitaban Gaza y Cisjordania. Autonomía significaba otorgarles el manejo de todas las áreas, menos la defensa y las relaciones exteriores. Es decir, no llegaban a la independencia ni a la soberanía. Así lo entendió Beguin, pero seguramente Sadat pensaba que la autonomía conduciría, de forma inexorable, a la independencia.

La idea de los dos Estados que viven y prosperan uno al lado del otro, que nació en la saboteada partición de 1947, resucitaba con fuerza. Gracias al contacto directo con los israelíes, que resultaba inspirador, los árabes de Palestina tomaron conciencia de su identidad nacional y se aplicaron a la conformación de una narrativa que les otorgase respaldo.

 

Se debe hacer justicia al fenómeno nacional palestino, que era irrelevante en la primera mitad del siglo XX.

En el curso de los últimos años consiguió hacerse reconocer por la Liga Árabe, las Naciones Unidas y el mismo Estado de Israel. Desde 1948 (independencia de Israel) hasta 1967 (Guerra de los Seis Días), Falistín (Palestina, en árabe) había dejado de existir. Durante 19 años una porción del mapa lo ocupaba Israel y la otra, Jordania y Egipto.

Lo repito porque es esencial recordarlo.

En mayo de 1964 se fundó la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), integrada por centenares de hombres que componían Al Fatah, Al Saiqa y el Frente Popular para la Liberación de Palestina.

Las tres entidades eran laicas y se inspiraban en el apasionado nacionalismo que durante los años 60 acompañó la descolonización en África y Asia; la última era marxista-leninista.

No estaban contaminados por el fundamentalismo islámico, que advino más adelante. En 1967 apoyaron la obsesión bélica del presidente Naser, que concluyó en un desastre, como ya narré: Israel derrotó a quienes pretendían aniquilarlo y se extendió desde el Canal de Suez hasta las alturas del Golán. Los árabes palestinos pasaron de la ocupación jordana y egipcia a la insospechada y mareante ocupación israelí.

La OLP eligió profundizar la vía terrorista en lugar de proponer negociaciones.

Siguió el modelo de los fedayines que Naser había espoleado a cruzar la frontera de Gaza para cometer cientos de atentados.

Además, se dedicaron a asaltar aviones, atacar aeropuertos, asesinar deportistas, poner bombas en ómnibus escolares, disparar contra viviendas civiles. Adquirieron notoriedad porque contrastaban con los sectores que aspiraban a conseguir un acuerdo pacífico.

Por esa época el gentilicio palestino se asociaba con la palabra terrorista. Pero, de a poco, fue otorgando resonancia a la expresión pueblo palestino, que se refería ahora sólo a los árabes de Palestina. Se la martilló con vigor creciente, a pesar de que muchos aún negaban su existencia real. Muchos israelíes se seguían considerando tan palestinos como los árabes.

En 1970 la OLP había logrado constituir una fuerza considerable en Jordania, casi un Estado dentro del Estado, y decidió tomar el gobierno de ese país, que históricamente había formado parte de Palestina. En otras palabras, ya exisitía un Estado palestino llamado Jordania, hecho que la OLP no ignoraba, por supuesto, y pretendía sacar beneficio de esta situación.

El rey Husein reaccionó ferozmente y se calcula que sus tropas mataron a miles de hermanos en septiembre de 1971, llamado desde entonces Septiembre Negro.

Las despavoridas columnas de Arafat huyeron hacia Siria, pero el presidente Asad les cerró la entrada con impiadosos cañones y ametralladoras. De forma poco clara –tal vez autorizados por Israel– llegaron al Líbano, donde también se empeñaron en formar un Estado dentro del Estado, con un laberinto de túneles y barrios controlados por completo, hasta que explotó la sangrienta guerra civil.

La OLP controlaba el sur del país, y desde ahí lanzaba ataques diarios contra las poblaciones fronterizas de Israel.

En 1974 consiguió ser reconocida por la Liga Árabe como “única representación legítima del pueblo palestino”, noticia que puso en aprietos a la dirigencia árabe moderada. Menajem Beguin, que había firmado una generosa paz con Egipto, decidió silenciar las baterías palestinas del Líbano, que atacaban a diario, impiadosamente, centros civiles de Galilea.

Sus fuerzas llegaron rápido hasta Beirut y en el trayecto fueron recibidas con alivio, flores y alimentos por las poblaciones cristianas del Líbano, sometidas a los asaltos de la pinza sirio-musulmana. Los dirigentes de la OLP tuvieron que huir a Túnez.

En noviembre de 1988, durante una reunión del Consejo Nacional Palestino en Argel, Arafat anunció el establecimiento del Estado Independiente de Palestina y aceptó las resoluciones 242 y 338 de las Naciones Unidas, que no son precisas, porque hablan de la devolución de los territorios conquistados: no dice “todos”. Esa inteligente decisión fue premiada al mes siguiente por Estados Unidos, que aceptó iniciar un diálogo diplomático directo con la OLP.

Los avances se quebraron cuando Arafat apoyó la invasión a Kuwait de Sadam Husein, lo que le enemistó con Occidente y con la mayoría de los países árabes que hasta ese momento lo habían sostenido.

En 1993 Simón Peres e Isaac Rabin decidieron resucitar al debilitado Arafat para conseguir la solución del largo conflicto.

La primera Intifada había tenido el mérito de consolidar la flamante identidad nacional árabe-palestina, incluso entre los israelíes.

Era un buen momento, entonces, para un recononcimiento recíproco y avanzar hacia la tan postergada paz. Se firmaron los Acuerdos de Oslo, que les valió a los tres personajes citados el Premio Nobel de la Paz. Nació la Autoridad Nacional Palestina y empezó la transferencia de poderes.

Los temas más difíciles quedaron para el final, cuando los aceitase una mayor confianza mutua.

Pero sucedió lo contrario, debido a la acción de los grupos armados autónomos que la Autoridad Palestina no quiso inhibir.

Al Fatah, liderado por el mismo Yaser Arafat, constituyó las Brigadas de Al Aqsa, que cometían crímenes condenados en inglés y felicitados en árabe. Engordaban los grupos fundamentalistas Hamás y Yihad Islámica, que no aceptaban ningún acuerdo.

Arafat, en lugar de ejercer la posición del estadista que monopoliza el poder, seguía con las ilusiones del guerrillero que dejaba hacer a los terroristas para minar la resistencia israelí. Alcanzó cumbres del doble discurso.

Condenaba cada atentado mientras estimulaba su multiplicación. Las primeras mujeres asesino-suicidas fueron jóvenes palestinas que calificó de “rosas de nuestra causa”. Era evidente que mentía: su objetivo no era la paz con Israel, sino destruirlo con otros medios.

En el encuentro de Camp David, durante la presidencia de Clinton, los palestinos habían logrado un avance que no hubieran soñado años antes: la pronta creación de un Estado árabe-palestino independiente sobre casi todos los territorios ocupados y la soberanía compartida de Jerusalén.

Pero Arafat resistió las presiones, pateó el tablero y logró que los palestinos no dejaran de perder la oportunidad de volver a perder la oportunidad… Regresó haciendo la uve de la victoria (¿qué victoria?), mientras el primer ministro de Israel –que había cedido más de lo que hubiera aceptado Rabin– volvió derrotado.

A los pocos días, con la pueril excusa de un paseo de Ariel Sharón por la explanada del Templo (que había consentido Jamil Jagrib, responsable palestino de seguridad), desencadenó la injustificada y criminal segunda Intifada, que duró cinco años, con miles de muertos por ambas partes, exacerbación del odio en lugar de la confianza y un empeoramiento profundo de la calidad de vida palestina.

El rechazo a las concesiones de Camp David fue una siniestra repetición de los Tres Noeslanzados en Jartum. Bloqueó el camino de los acuerdos y cargó dinamita a la violencia.

Pero consiguió que el mundo viese a los palestinos como la víctima inocente, inerme e indiscutible; por lo tanto, impermeable a cualquier crítica.

Todo lo que hacían se justificaba por el martirio de la cruel ocupación. De esa forma, nadie exigió a la Autoridad Palestina que ejerciera el monopolio de la fuerza y pusiese fin a la metralla de los atentados.

Nadie exigió que invirtiera en salud, educación y construcción en vez de en armas los multimillonarios recursos que recibía de la Unión Europea y los Estados Unidos. Ni siquiera que terminase con la enorme corrupción que hasta un intelectual palestino como Edward Said criticó, encendido de rabia. Gran parte del dinero volaba hacia bancos extranjeros.

La viuda de Arafat es ahora una millonaria que disfruta las delicias de París mientras se conmueve por el heroísmo de los suicidas (ni ella ni su hija piensan suicidarse, por supuesto).

Grandes desafíos enfrenta el nacionalismo palestino en este momento, un nacionalismo que nació secular y ahora ha caído bajo la influencia de la teocracia fundamentalista, que amenaza con provocar escisiones internas muy profundas.

¿Debemos repetir que nunca existió un Estado árabe independiente en Palestina? ¿Que nunca Jerusalén fue la capital de ningún Estado árabe o musulmán, ni siquiera cuando Saladino expulsó a los cruzados, o el imperio turco se extendió por la región, o Jordania usurpó la parte oriental?

Debido a esa carencia, el nacionalismo palestino racional y moderado necesita escribir una narrativa que le brinde respaldo, sin recurrir a la fabulación que lo haga insostenible.

Debe resignarse a no alcanzar la vastedad, riqueza y resonancia de la narrativa judía, porque ésta tiene 3.500 años de historia. El contraste es demasiado grande.

El Estado palestino no será la obra de un milagro, como no lo fue el Estado de Israel.

Los judíos lo reconstruyeron con lágrimas, sudor y sangre. No fue un regalo de nadie.

Antes de la independencia –vuelvo a insistir–, los sionistas ya habían creado ciudades, kibutzim, caminos, universidades, teatros, colegios, sistemas de riego, orquestas sinfónicas, puertos, métodos para fertilizar el desierto, hospitales, museos, forestaciones, centros de investigación.

Los palestinos pueden exhibir los derechos que les otorga un período de vida menor, en el que también derramaron lágrimas y sangre, además de nacer en ese territorio o extrañarlo desde el exilio.

Pero no alcanza con sangre y lágrimas. Falta el sudor: ¡construir en vez de destruir!

Las últimas elecciones palestinas (enero de 2006) complicaron la situación, aunque muchos pensamos que la volvieron más diáfana. Esas elecciones fueron ganadas de manera impecable por el grupo fundamentalista Hamás.

Para conocer la ideología que lo sustenta es obligatorio conocer su Carta Fundacional. Constituye una guía también impecable, ya que este tipo de organizaciones no anda con vueltas: dice lo que piensa y hace lo que dice. No nos perdamos algunas citas elocuentes.

En el preámbulo afirma:

Israel existirá y continuará existiendo hasta que el islam lo destruya, tal como destruyó a otros en el pasado.

Y en el artículo 6 se dice:

El Movimiento de Resistencia Islámico [Hamás] es un movimiento cuya alianza es con Alá y cuya forma de vida es el islam. Su objetivo es izar el estandarte de Alá sobre cada porción del suelo palestino.

El artículo 7 expresa su ardiente antisemitismo:

El Día del Juicio Final no llegará hasta que los musulmanes se enfrenten a los judíos y los maten a todos. Entonces, los judíos se esconderán detrás de las rocas y de los árboles, y las rocas y los árboles gritarán: “¡Oh musulmán, hay un judío escondido detrás de mí! ¡Ven y mátalo!”.

El artículo 22 es extenso, pero ofrece evidencias de su inspiración en los libelos que, a su vez, alimentaron el Mein Kampf, de Adolf Hitler. Reúne todas las calumnias que diferentes tendencias inventaron sobre los judíos. También manifiesta su alucinante carácter reaccionario.

Los judíos han conspirado contra nosotros durante mucho tiempo y han acumulado grandes riquezas materiales y gran influencia. Con su dinero, tomaron el control de los medios. Con su dinero, provocaron revoluciones en distintas partes del mundo.

Estuvieron detrás de la Revolución Francesa, de la Revolución Comunista y de la mayoría de las revoluciones. Con su dinero, crearon organizaciones secretas —tales como los masones, el Rotary Club y el Club de Leones—, que se están diseminando por el mundo con el fin de destruir sociedades y llevar a cabo los intereses sionistas. Estuvieron detrás de la Primera Guerra Mundial y crearon la Liga de las Naciones, por medio de la cual podían gobernar el mundo. Estuvieron detrás de la Segunda Guerra Mundial, por medio de la cual lograron enormes ganancias financieras. No hay ninguna guerra en ningún lugar del mundo en la que ellos no intervengan.

Quienes suponen que Hamás se conforma con un Estado palestino que permita alguna coexistencia con Israel deben fijarse en el artículo 11:

La tierra de toda Palestina es un ‘waqf’ [posesión sagrada del islam] consagrado para futuras generaciones islámicas hasta el Día del Juicio Final. Nadie puede renunciar a esta tierra ni abandonar ninguna parte de ella.

Los ideales de un Estado árabe palestino, democrático y pluralista, donde tengan derechos no sólo los judíos, sino también los cristianos, quedan destruidos por el categórico artículo 13:

Palestina es tierra islámica. Esto es un hecho.

La guerra es orlada con febril exaltación. El artículo 33 borra cualquier duda:

Las filas se cerrarán, los luchadores se unirán con otros luchadores y las masas de todo el mundo islámico acudirán al llamado del deber proclamando en voz alta: ¡Viva la yihad! Este grito llegará a los cielos y seguirá resonando hasta que se alcance la liberación, los invasores hayan sido derrotados y logremos la victoria de Alá.

No deja espacio para las iniciativas de paz, que son condenadas en otra parte del feroz artículo 13:

Las iniciativas de paz y las supuestas soluciones pacíficas, así como las conferencias internacionales, se contradicen con los principios de Hamás. Esas conferencias son un inaceptable medio para designar árbitros de las tierras del islam a los infieles. No hay solución sin la yihad. Las iniciativas, las propuestas y las conferencias internacionales de paz son una pérdida de tiempo.

La demonización del sionismo permanece anclada en centenarios mitos paranoicos, cuya fuente falsa y venenosa no tienen pudor en revelar, como lo ilustra el artículo 32:

La confabulación del sionismo no tiene fin; después de Palestina querrán expandirse desde el Nilo hasta el Éufrates. Cuando hayan terminado de digerir el área sobre la que hayan puesto sus manos, codiciarán más espacio. Su plan ha sido diseñado por los ‘Protocolos de los Sabios de Sión’.

No hace falta ser avispado para advertir que proyectan sobre el diminuto Israel su propia hambre de expansión territorial. Son ellos quienes aspiran a un califato que se extienda desde el Atlántico hasta Indochina, y luego más.

En sus escuelas enseñan que España pertenece al islam y deberá ser recuperada.

El objetivo más alto no es ahora la creación de un Estado palestino, sino la victoria universal de la fe y la legislación islámicas. Su programa aspira a que rijan las leyes de la sharía, imposibles para la civilización occidental.

Como lo expresa el delirante artículo 22, hasta la Revolución Francesa es abominable, y seguro que las tres famosas palabras —libertad, igualdad y fraternidad— serán sospechosas.

A Hamás, sin embargo, no lo votaron por este programa teocrático-nazi, sino por la corrupción, ineficacia e hipocresía de Al Fatah y los líderes de la Autoridad Palestina.

Una encuesta reveló que el 75% de los palestinos que votaron por Hamás aspiraban a la solución de un Estado propio que conviviera lado a lado con Israel.

Hamás se presentó como la única opción que tenía las manos limpias. No ganó por su fanatismo reaccionario y judeofóbico, sino por el desencanto de los palestinos.

La irresponsable segunda Intifada, desencadenada por la hipócrita Administración anterior, trajo la parálisis de una solución negociada. Además, produjo un incremento de las muertes, las represalias, la desocupación y la miseria. A Hamás ya no le alcanzará con lavarse las manos y echar la culpa de todo a Israel.

La mayoría de los israelíes no está entusiasmada con la ocupación de territorios palestinos, si esa ocupación empeora su seguridad y su calidad de vida. Pero tomará decisiones unilaterales mientras la otra parte no sea una genuina socia para la paz.

Lo hizo al retirarse del Líbano sin exigir contrapartidas, y al retirarse de Gaza de la misma forma. Muchos opinan que fueron decisiones equivocadas.

Comparto esa crítica.

Ambas retiradas pretendían demostrar que Israel no desea mantener la ocupación de zonas donde hay mayoría árabe. La respuesta, sin embargo, no fue de comprensión ni de amistad, sino lluvias de misiles.

En un reportaje, a una nena árabe de tres años y medio le preguntaron si odiaba. Dijo que sí, que odiaba a los judíos. ¿Por qué? Porque son monos y cerdos. ¿Quién lo dice? Lo dice el Corán.

Es verdad que el Corán lo dice, pero como todo libro religioso extenso, escrito en circunstancias históricas determinadas, exhibe expresiones contradictorias, algunas durísimas y otras más dulces que la miel. Igual sucede con la Biblia. Corresponde a los hombres interpretar esos textos y enfatizar sus contenidos nobles.

Históricamente el odio a los judíos fue más intenso entre los cristianos que entre los musulmanes.

Los cristianos acusaban a los judíos de ser “los asesinos de Dios”, los musulmanes sólo de haber enmendado la Biblia para que no figurase el anuncio de la llegada de Mahoma.

Ambos son hechos deleznables (de haber sido ciertos), pero más horrible, desde luego, es el primero. Si los judíos pudieron “asesinar a Dios” —como se predicó durante centurias desde todos los púlpitos—, ¿qué puede impedir que cometan otros crímenes, y de lo más atroces? Se los acusó de envenenar los pozos cuando había una peste (y se carneaba entonces judíos con entusiasmo enérgico), se los acusó de utilizar la sangre de niños cristianos para amasar el pan de la Pascua (¡?) (y nació el delirante y repetido libelo del crimen ritual, que llevaba a renovadas y jubilosas matanzas).

El judío fue el Shylock voraz por una libra de carne, el judío pobre que se despreciaba por sucio y débil o el rico que rapiñaba sin culpa. Fue el personaje siniestro de Los Protocolos de los Sabios de Sión, que redactó la policía secreta del Zar para estimular los pogromos. Fue El judío internacional del resentido Henry Ford. En Mein Kampf, Hitler prometía hacer lo que finalmente hizo ante la indiferencia de la civilización occidental. Auschwitz.

Haj Amín el Huseini, el amigo de Hitler

El plan nazi de encerrar a todos los judíos del mundo y exterminarlos como si fuesen cucarachas por un odio sedimentado durante siglos en Europa tuvo un éxito casi total.

En pocos años liquidó un tercio de ese pueblo gracias a la sistemática técnica industrial de la muerte. Ese plan recibió el apoyo del líder árabe de Palestina Haj Amín el Huseini, gran muftí de Jerusalén.

Este clérigo fanático, que espoleaba a destruir las comunidades judías porque importaban costumbres “degeneradas” como la igualdad de la mujer, la apertura de teatros y orquestas, la edición masiva de libros, los ideales de la democracia y el socialismo, se ofreció a colaborar con la Solución Final.

Viajó a Berlín por un largo período y prometió erradicar cada judío de Palestina y sus alrededores “con los métodos científicos del Tercer Reich”.

Planeó erigir otro Auschwitz en Nablús, sobre las colinas de Samaria. Su lema, difundido por radios nazis, fue: “Mata a los judíos dondequiera los encuentres, para agradar a Alá y a la Historia”. Se fotografió varias veces con Hitler.

Apareció en los noticieros de cine haciendo el saludo nazi. También se reunió con el nazi y asesino croata Ante Pavelic, para sellar el mismo pacto.

Debemos tenerlo en cuenta, porque este dirigente fascista tuvo un protagonismo que la narrativa árabe quiere a borrar.

No sólo organizó ataques contra las comunidades judías antes de la independencia de Israel, sino que se negó a aceptar la partición decidida por las Naciones Unidas del 29 de  noviembre de 1947 para el nacimiento de un Estado árabe y otro judío que viviesen lado a lado y en fraterna colaboración.

Como frutilla del postre, tuvo la idea brillante de ordenar a su gente que abandonase Palestina rápido, para permitir que Siria, Irak, Líbano, Egipto, Arabia y Transjordania pudiesen empujar a los judíos al mar sin tener que molestarse en esquivar la presencia de árabes en su camino.

Esta orden se difundió como un incendio. Algunos se negaron a obedecerla y lucharon contra los judíos, otros —en especial en la Galilea— se limitaron a quedarse en sus casas y ahora son ciudadanos israelíes.

Recordemos que los árabes israelíes conforman el 20% de la población del país. ¿Cuántos judíos quedan en los Estados árabes? Mientras los Estados árabes pueden vanagloriarse de ser Judenrein, Israel es acusado de hacer discriminación étnica.

¡Qué hipocresía!

Además, en Israel no existe ningún diario, radio o TV que incite al odio contra los árabes.

En el mundo árabe, por el contrario, casi no hay medio de comunicación que alguna vez, o muchas veces, deje de incitar al odio hacia los judíos e Israel. Un país no árabe como Irán, pero líder del fundamentalismo islámico, profirió en su Asamblea parlamentaria el grito: “¡Muerte a Israel!”. ¿No es escandaloso? ¿En la Kneset se profirió alguna vez una frase que invite a liquidar otro país?

El poder del odio

El odio árabe aumentó de forma sustantiva cuando fueron derrotados en la guerra de la independencia (1948-9). No los había vencido una potencia colonial, sino una comunidad minúscula que ni siquiera contaba con un solo tanque ni un solo avión.

El pueblo más inerme del planeta, más despreciado, que acababa de ser reducido a escombros por los nazis, el pueblo al que le habían cerrado los puertos antes, durante y después del Holocausto, pudo triunfar.

Era una insoportable herida que puso en marcha una febril venganza mediante la expulsión de casi todos los judíos residentes en los países árabes.

El sueño de Hitler de conseguir países Judenrein ¡fue un logro árabe! (anticipado por los ingleses al decretar que no se afincasen judíos en Transjordania).

Es importante insistir en que los cientos de miles de refugiados judíos provenientes de Europa y del mundo árabe fueron recibidos e integrados en Israel, con esfuerzos enormes, desproporcionados a la riqueza que entonces tenía el país.

Mientras los atendía, no era posible descuidar la seguridad de sus fronteras precarias. Esa tarea humanitaria sólo obtuvo la ayuda de los judíos afincados en la Diáspora, sin que los organismos internacionales se interesaran siquiera en el asunto.

El único país que más tarde aportó, pero por otras razones, fue Alemania, en concepto de devolución de los bienes que había rapiñado el régimen nazi a los judíos; no se trataba de reparaciones por los crímenes, que jamás pueden ser pagados.

Los refugiados árabes que produjo la indeseada guerra de la independencia de Israel, en cambio, fueron amontonados por sus hermanos en campos especiales, como prisiones de las cuales no podían salir, excepto en Jordania.

Jordania llevó adelante otra política, porque deseaba asimilar la Cisjordania a su propio territorio de una forma tan intensa que nunca más se la quitasen.

Pero tampoco puso fin a la existencia de refugiados en su territorio, por razones difíciles de explicar. O fáciles de explicar: los refugiados eran un peón que podían lucir para victimizarse y recibir dinero.

Por esta razón los países árabes recibieron en forma directa o indirecta fondos multimillonarios. Pero en lugar de utilizarlos para resolver el drama, los usaban para eternizarlo.

Consiguieron que los refugiados árabes de Palestina se conviertieran en el único caso de refugiados sin solución. Es importante hacer énfasis en este punto, porque forma parte del conflicto árabe-israelí. A lo largo del siglo XX no hubo dos, tres o diez millones de refugiados, sino ¡cientos de millones! Sí, cientos de millones. Todos, absolutamente todos, consiguieron resolver su problema.

La única excepción ha sido la de los refugiados árabes, cuyo número original no llegaba al millón, un número parecido al de los refugiados judíos expulsados de los países árabes.

Tan firme fue la resistencia de los Estados árabes a resolver la cuestión de sus refugiados que cuando empezó la explotación petrolera intensiva en Libia y Kuwait y hacía falta mano de obra sólo se permitía que fuesen hacia allí varones palestinos solos, para que sus familias permanecieran en los campos como rehenes; luego de unos pocos años esos trabajadores, en lugar de afincarse en un sitio mejor, debían retornar a los ominosos campamentos.

Ese odio –sostenido e incrementado sin cesar– impide discernir por dónde pasa el camino que los llevaría al bienestar.

Golda Meir pronunció una famosa reflexión: “Podemos perdonar a los árabes que asesinaron a nuestros chicos. No los podemos perdonar por forzarnos a matar los suyos. Sólo tendremos paz cuando ellos quieran a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”.

Por desgracia, en algunos sitios ahora es peor: ciertas madres bendicen a sus hijos que se atan cinturones con explosivos para suicidarse en operaciones criminales.

Con la técnica del “miente, miente que algo queda”, los antisemitas buscan imponer la versión de que el Estado de Israel es un producto artificial del Holocausto y fue creado de la nada por las Naciones Unidas.

Falso, basta leer la prensa de entonces. Debemos insistir una y otra vez en que la construcción del tercer Estado judío (los dos primeros están descritos en la Biblia) empezó de forma intensa en el último cuarto del siglo XIX, cuando todavía era dueño del Medio Oriente el Imperio Otomano y no había señales de nacionalismo árabe, que recién apareció en Siria a principios del XX.

El flamante movimiento sionista (movimiento de liberación nacional y social del pueblo judío) creó en 1903 el Keren Kayemet Leisrael para recaudar dinero con el cual comprar a los efendis radicados en Beirut o Damasco sus pobres tierras palestinas y erigir los primeros kibutzim en forma legal.

También se usaba parte del dinero para una campaña frenética de forestación, la primera en la historia, que aún los partidos ecologistas no se atreven a reconocer. El Imperio Turco miraba con sospecha estas actividades de crecimiento acelerado, máxime cuando Palestina era parte del marginal y pobrísimo Vilayato de Jerusalén.

Israel: el Estado vino después

Necesitamos machacar ciertos datos para entender mejor el conflicto árabe-israelí.

En 1909 nació Tel Aviv sobre dunas de arena, sólo habitada por arañas y cangrejos.

En la década del 20 los pioneros judíos fundaron la Universidad Hebrea de Jerusalén, entre cuyos primeros gobernadores de honor figuraron Albert Einstein y Sigmund Freud.

También se creó la primera Orquesta Filarmónica del Medio Oriente, inaugurada por el director antifascista Arturo Toscanini.

Surgió el dinámico teatro Habima.

Se estableció un Instituto de Ciencias en Rehovot, la Universidad Técnica en Haifa y la Escuela de Artes Bezalel en Jerusalén.

Se fundó la Histadrut, primera central obrera del Medio Oriente, toda una revolución social. Se multiplicaron los kibutzim, los moshavim, las aldeas y las ciudades, se tendieron caminos, abrieron puertos y fundaron instituciones educativas.

Vastas extensiones desérticas se cubrieron con el manto esmeralda de los naranjales. Las colinas pedregosas y ardientes de Judea, devastadas por los dientes de las cabras y el abandono de siglos, empezaron a ser embellecidas por el color de los pinos que se plantaban en sus laderas.

El pantano del extremo norte, Hula, generador de una epidemia sostenida de paludismo, del que no se salvaba nadie, ni David ben Gurión, fue poco a poco desecado.

La febril actividad judía inyectó a ese pequeño país más prosperidad de la que existía en los grandes vecinos. Era un ariete ciclópeo de modernidad, progreso, cultura. Revolucionaba toda la región.

Y, sin embargo, ¡aún no se había producido el Holocausto ni las Naciones Unidas habían tomado cartas en el asunto! Pero había nacido el conflicto árabe-israelí. No tanto porque aumentaba el número de judíos ni porque estos judíos quitasen algo a los árabes. No. El conflicto radicaba en la oferta.

Esa oferta era progreso, modernidad, ciencia, arte, estudios seculares, igualdad de la mujer, democracia. Una oferta que impulsaba a dejar la Edad Media. Gran insulto a los cavernarios.

El país más vulnerable

El ex presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, el hombrecito de la sonrisa cínica y los ojitos de rata, envió una misiva de diez folios a Angela Merkel, canciller de Alemania, que, luego de ser traducida, provocó un ataque de náuseas.

Ella decidió no contestar.

El iraní pedía la obscena colaboración de Alemania para destruir Israel y el judaísmo, autores de todos los males que aquejan al mundo. Los considera el mal absoluto, capaces de las peores atrocidades.

Llamea odio, además de fanatismo irracional. ¿Dónde radica el mal de Israel? En sus virtudes, desde luego. Virtudes insoportables para quienes se empeñan en vivir como Mahoma en el siglo VII.

“La diferencia de Israel y Occidente con nosotros —ha dicho el líder del Hezbolá— es que ellos aman la vida y nosotros la muerte”.

Para que no haya equívocos, Nasrala suele gritar: “¡Amo la muerte!”. Pulsión tanática igual a la de los nazis. Las SS usaban trajes negros y calaveras porque también amaban la muerte y consiguieron su objetivo: 50 millones de cadáveres en Europa, además de la ruina total de Alemania. El ayatolá Rafsanyaní lo confirmó:

Con nuestra bomba atómica mataremos los 5 millones de judíos de Israel, y aunque Israel pueda enviarnos bombas de respuesta, sólo mataría 15 millones de iraníes, cifra despreciable ante los 1.300 millones de musulmanes que somos en el mundo.

Los ojitos de rata y sus patrones de la teocracia fundamentalista quieren asesinar, porque suponen que los asiste un ideal superior.

Empiezan con los judíos y seguirán con el resto, los enloquece una ensoñación parecida a la de sus maestros del Tercer Reich. Por eso Jomeini mandó oleadas de niños iraníes a la muerte, para desmoralizar a las tropas de Irak. Por eso Hezbolá y Hamás lanzan sus cohetes desde escuelas, hospitales y barrios superpoblados, para que la respuesta israelí los asesine y puedan exhibir los cadáveres como prueba de la perversidad israelí.

Los cobardes organismos internacionales no han repudiado a Hezbolá y a Hamás por el crimen de usar escudos humanos.

Los medios de comunicación tampoco muestran desde donde disparan los fundamentalistas y son cómplices, por lo tanto, de falsificar la información sobre cómo funciona el conflicto árabe-israelí.

En los tiempos de la postmodernidad, importa cada vez menos por dónde pasa lo bueno y por dónde lo malo. ¿Interesa, por ejemplo, que los jóvenes israelíes sueñen con ser inventores y científicos, mientras que los de Hezbolá y Hamás sueñan con ser mártires?

No, no interesa.

¿Interesa que en Israel no se predique el odio a los árabes, que constituyen el 20 por ciento de su población y viven mejor que en muchos países árabes, mientras entre los árabes son superventas Los protocolos de Sión y Mein Kampf y en la TV egipcia se ha difundido una serie vomitiva donde los judíos extraen sangre de niños para bárbaros rituales?

Lo único que interesa es que los palestinos parecen más débiles frente al poderío de Israel.

Pero ¿acaso el conflicto es palestino-israelí, o árabe-israelí? ¿No fueron los Estados árabes quienes frustraron la pacífica partición de Palestina en dos Estados? ¿No fueron los que iniciaron las grandes guerras del Medio Oriente? ¿No son los que expulsaron a todos sus judíos? ¿No son los que han evitado resolver el drama de los refugiados?

El conflicto no es palestino-israelí sino árabe-israelí; o, mejor dicho, entre la modernidad democrática y un autoritarismo revestido de variadas tendencias que se mezclan con fijaciones teocráticas o nostalgias medievales.

Israel es el país más vulnerable del planeta, rodeado por un mar de fundamentalistas, predicadores alucinados y dictadores que ansían barrerlo de mapa.

Es la frontera de la racionalidad, la legalidad, el pluralismo, la libertad y la democracia.

Por eso es inmoral dejarlo solo.

 

 

PorMax Stroh Kaufman

Discurso de Bibi Netanyahu

Discurso de Bibi Netanyahu

 

A muy pocos días de celebrar los 70 años de Independencia del Estado de Israel, este fue el sorprendente el Discurso del Primer Ministro de Israel Benjamin Netanyahu, con toda la gloria a Dios.

 

El Sr. Nethanyahu dijo:

“Sólo hace 70 años los judíos fueron llevados al matadero como ovejas.

 

Hace 60 años no teníamos país ni  ejército.

 

Apenas unas horas después de su creación, siete países árabes declararon la guerra a nuestro pequeño Estado judío.

 

Éramos sólo 650 judíos contra el resto del mundo árabe, sin ningún Ejército de Defensa de Israel (FDI).

 

Ninguna fuerza aérea poderosa, sólo personas valientes.

 

Líbano, Siria, Irak, Jordania, Egipto, Libia, Arabia Saudita, todos nos atacaron al mismo tiempo.

 

El país que las Naciones Unidas nos dio fue 65% desierto. ¡El país estaba en la nada!

 

Hace 35 años hemos luchado contra los tres ejércitos más poderosos en el Oriente Medio, y nosotros los barrimos, sí… en seis días.

 

Hemos luchado en contra de diversas coaliciones de países árabes, que tenían ejércitos modernos y muchas armas soviéticas, y siempre los hemos derrotado!

 

Hoy tenemos:

*Un país

*Un ejército

*Una potente fuerza aérea

*Un Estado cuya  economía exporta millones de dólares

*Intel – Microsoft – IBM desarrolla productos para todo el mundo.

*Nuestros médicos reciben premios por investigación médica.

*Tenemos numerosos premios Nobel en todas las áreas.

 

Hemos hecho florecer el desierto, vendemos naranjas, flores y vegetales a todo el mundo.

Israel ha enviado sus propios satélites al espacio! Tres satélites al mismo tiempo!

 

Estamos orgullosos de estar en el mismo rango que: los Estados Unidos, que tiene 250 millones de habitantes.

Rusia, que tiene 200 millones de habitantes, China que tiene 1.300 millones de habitantes.

Europa (Francia, Gran Bretaña, Alemania), con 350 millones de habitantes.

Esos son los únicos países en el mundo que envían objetos al espacio! Israel es ahora parte de la familia de las potencias nucleares, con Estados Unidos, Rusia, China, India, Francia y Gran Bretaña.

 

Nunca lo hemos admitido oficialmente, (pero todo el mundo lo sabe): sólo hace 70 años, nos llevaron, avergonzados y desesperados al sacrificio!

 

Tenemos recientes las ruinas humeantes de Europa y ganamos nuestras guerras aquí con menos que nada. Hemos construido nuestro pequeño “Imperio” de la nada.

 

¿Quién es Hamas para querer asustarnos, para amedrentarnos? Ustedes nos hacen reír!

 

La Pascua se celebró; no olvidemos de qué se trata.

 

Hemos sobrevivido al Faraón.

Sobrevivimos a los griegos.

Hemos sobrevivido a los romanos.

Hemos sobrevivido a la inquisición de España y a los pogroms en Rusia.

Hemos sobrevivido a Hitler.

Hemos sobrevivido a los alemanes.

Hemos sobrevivido al Holocausto.

Hemos sobrevivido a los ejércitos de siete países árabes.

Hemos sobrevivido a Saddam.

Seguiremos sobreviviendo también a los enemigos de hoy.

 

Piense en cualquier otro momento de la historia humana! Pensar en ello: para nosotros, el pueblo judío, la situación nunca ha sido mejor! Vamos a afrontar el mundo.

 

Recordemos: todas las naciones o culturas que alguna vez trataron de destruirnos, hoy ya no existen y todavía vivimos!

 

Egipto?

Los griegos?

Alejandro de Macedonia?

Los romanos? ¿Alguien habla latín en estos días?

Y el Tercer Reich?

 

Y mírennos:

La Nación de la Biblia,

los esclavos de Egipto,

todavía estamos aquí.

 

Y hablamos el mismo idioma! Antes y ahora! Los árabes no lo saben todavía, pero aprenderán que hay un Dios! ….mientras mantengamos nuestra identidad, estaremos por siempre!

 

Así que les pedimos perdón por no preocuparnos.

Por no llorar.

Por no tener miedo.

Las cosas están bien aquí.

Podrían ser ciertamente mejor.

 

Sin embargo: no crean en los medios de comunicación, ya que no dicen que las fiestas siguen teniendo lugar, la gente sigue viviendo, la gente sigue saliendo, la gente sale para ver a sus amigos.

 

Sí, nuestra moral es baja. Por qué? Sólo porque lloramos a nuestros muertos, mientras que otros se regocijan en la sangre derramada. Es por eso que vamos a ganar al final.

 

Él nunca duerme o nunca dormirá… el guardián de Israel…HaShem, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

 

Reenviar este discurso a toda la comunidad, y a las personas de todo el mundo. Ellos son parte de nuestra fuerza.

 

Compártelo con todos tus amigos y Con todo Aquel que no conoce La Verdad….

05 de Abril de 2018

PorMax Stroh Kaufman

Maror – El Seder de Pesaj paso a paso

MAROR – SEDER DE PESAJ PASO A PASO

 

Lo que conocemos como maror, es una hierba amarga que suele ser servida en las celebraciones del Séder de Pésaj.

La palabra deriva etimológicamente de la palabra hebrea Mar que quiere decir”amargo”.

Esta hierba, maror, forma parte de la bandeja que se alista como plato del Séder.

Las dos “hierbas amargas” más comúnmente utilizadas, son el rábano y la lechuga (1), A veces el rábano suele ser mezclado con remolacha para “suavizar” el amargo  Esta mezcla se conoce con el nombre de Grein (de origen yidish) o horseradisn (en inglés) (2)

Algunas personas suelen utilizar jengibre rallado.

Otros utilizan endivias, conocidas en hebreo como “Ulshin”

Idealmente, el maror se debe comer en un bocado.La mínima cantidad es un Kazait (3). La idea es que se pueda probar la amargura y ella sea una parte integral de la experiencia.

Tragarlo entero sin probarlo no cuenta.

Se debe decir la bendición

Y el tiempo estimado por algunos rabinos es de 4 minutos aproximadamente,

 

¿Por qué se debe bendecir?

 

Porque está escrito en Tehilim / Salmo 24:1 que: “De Hashem es la tierra y todo lo que la llena”

Por consiguiente, debemos hacer de cuenta que esto es un producto consagrado (hekdesh)

Esto quiere decir que no se debe usufructuar nada sin “previo consentimiento” y esto se logra a través de la bendición: en una palabra, el producto queda “redimido”.

Incluso, el Shuljan aruj nos dice que el producto se debe tomar con la mano derecha, observar la textura, forma y color,, sentir su aroma,

 

¿Donde encontramos el consumo de maror?

 

En Shemot / Éxodo 12:8 que dice: Ellos comerán la carne esa misma noche; lo comerán asado al fuego, con pan sin levadura y hierbas amargas.

¿Cuántas veces en el seder comemos Maror?

 

Mínimo en dos ocasiones: cuando se hace “el sandwich” con matzá y cuando se mezcla con el Jaroset.

 

¿Cuál es el significado de comer Maror?

 

Aunque no está explícito en la Torá, las hierbas amargas comúnmente se consideran un símbolo de la amargura que el pueblo de Israel sintió cuando ellos eran esclavos en Egipto. Al comer las hierbas, sentimos amargura y podemos imaginarnos más fácilmente como esclavos. Cuando sumergimos el maror en el haroset, estamos asociando la amargura que sentimos con el duro trabajo que los israelitas experimentaron a manos de los egipcios.

 

La ingesta del Maror también nos recuerda que este sufrimiento  no fue en vano. Esto produjo que ellos, solicitaran, “a gritos” su libertad, y que finalmente la obtienen y los llevara a la redención.

 

Conclusión:

 

El Rabino Yejiel Epstein señala que nuestra partida de Egipto se produjo de una manera “supernatural”, “Lemaála min hateva”.

Nosotros eran esclavos que tenían que comer el pan de un pobre, sin embargo, debido a los milagros de Hashem, ahora estamos libres.

El Seder quiere confortarnos: recordar que fuimos indigentes, pobres y esclavos (la mayoría de las veces todavía lo seguimos siendo desde el punto de vista espiritual y material a muchos aspectos) y quiere que fortalezcamos nuestra confianza en la intervención divina de Hashem.

También, que deberíamos confiar más en Hashem de lo que normalmente lo hacemos: El es quien proporciona el tiempo para que. las cosas que parecen tan poco probables de que ocurran, sucedan. Decimos: “Mira este pan (de pobres) que comimos en Egipto.

Bendecimos unas hierbas amargas que nos recuerdan dicho tiempo.

Sin embargo, fuimos liberados de la esclavitud porque Hashem realizó milagros para nosotros.

Entonces, Hashem también realizará milagros para cada uno de nosotros.

No hay que sentirse mal porque en algún momento haya que recurrir a otros para que te ayuden en este momento.

El Seder, la combinación de matza, maror y jaroset permitirá que levantemos nuestros ojos a Hashem en oración, para que Él nos libere, personalmente, como lo hizo con el Pueblo de Israel, de una manera que parece ser sobrenatural, y Hashem encontrará el mejor momento para que mejore nuestra situación, y dará como resultado que cada uno de nosotros estará libre, y como decimos, el año entrante en Jerusalém reconstruida (Que implica nuestro futuro inmediato y tardío) física y espiritualmente hablando..

 

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321judaismo.com

30 de Marzo de 2018 – 14 de Nisan de 5778

Recopilado por Dr. Max Stroh Kaufman

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  1. La Lechuga variedad romana o la crespa, son las que más se aproximan a esta necesidad: Se le conoce en hebreo con el nombre de Jatzeret.
  2. El Rabino Eliezar ben Natan de Mainz  y el Rabino Eliezer de Worms, mencionan por primera vez el rábano picante, pero ambos se refieren a él no como maror, sino como un ingrediente en el jaroset Sólo a partir del año 1822, el Rabino Moshe Sofer escribió que el rábano picante puede ser preferible a la lechuga, porque la lechuga muchas veces suele ser difícil de lavar para eliminar los insectos y ello va en contra de la mitzvá de no comer insectos (al menos cierto tipo de ellos).
  3. El Jatzait en volumen, es equivalente al tamaño de una aceituna; en peso, 26 gramos aproximadamente.

 

PorMax Stroh Kaufman

Palestina o el Estado Palestino

Palestina o el Estado Palestino

Reproducción fidedigna (Copy and Paste) de la revista del Medio Oriente www.revistamo.org

 

“Palestina”

La directora ejecutiva de CAMERA, Andrea Levin, en un artículo– que escribió en 2011 a raíz de la indignación generalizada que suscitaron las declaraciones de Newt Gingrich respecto del origen de los palestinos – señalaba la ausencia de una identidad nacional palestina distintiva aparte de la identidad árabe mayor ha sido afirmada incluso por muchos árabes:

“George Antonius, un historiador árabe, se asegura de que no haya ningún malentendido… en The Arab Awakening (1939): ‘Salvo que se especifique lo contrario, el término Siria será utilizado para denotar el conjunto del país de ese nombre que ahora está dividido en Mandatos de Siria y Líbano (Francia) y Palestina y Transjordania (Gran Bretaña)’”.

“El extremista muftí de Jerusalén se opuso originalmente al Mandato de Palestina sobre la base de que separaba Palestina de Siria; y enfatizó que no existía ninguna diferencia entre los árabes sirios y los palestinos en cuanto a sus características nacionales o costumbres. Aún en mayo de 1947, los representantes árabes le recordaron a la ONU en una declaración formal que ‘Palestina era… parte de la Provincia de SiriaPolíticamente, los árabes palestinos no eran independientes en el sentido de formar una entidad política separada…’” (The Palestinians People, History, Politics;edited by Curtis,Neyer, Waxman and Pollack; 1975, p. 200)

Otros líderes y académicos árabes, refería Levin, han afirmado la inexistencia de una histórica nación palestina distintiva. Uno de los más famosos es el historiador árabe-estadounidense, y profesor de la Universidad de Princeton, Philip Hitti, que testificó contra la partición ante el comité anglo-americano en 1946, quien aseguró que:

No existe tal cosa como ‘Palestina’ en la historia, absolutamente no… [Es] un pequeño punto en la parte sur de la costa este del mar Mediterráneo, rodeado por una vasta mayoría de tierras del territorio árabe musulmán, comenzando con Marruecos, continuando a través de Túnez, Trípoli y Egipto y descendiendo hasta la propia Arabia, luego ascendiendo a Transjordania, Siria, Líbano e Iraq – un sólido bloque árabe parlante…”. (Efraim Karsh, Palestine Betrayed)

Levin señala que quizás la declaración más dramática en este sentido, es la que realizó Azmi Bishara en una entrevista televisada en 2009:

“Bueno, no creo que exista una nación palestina en absoluto. Creo que existe una nación árabe, siempre pensé así y no he cambiado de idea. No creo que haya una nación palestina, creo que es una invención colonial… ¿Cuándo hubo algún palestino? ¿De dónde vinieron? … Palestina era la parte Sur de la Gran Siria”.

Y, en unas reveladoras declaraciones durante una entrevista con el diario holandés Trau, el 31 de marzo de 1977, Zahir Muhsein – miembro del Comité Ejecutivo de la OLP –, afirmaba:

“El pueblo palestino no existe. La creación de un Estado Palestino es sólo un medio para continuar la lucha contra el estado de Israel.

En realidad, hoy no existen diferencias entre jordanos, palestinos, sirios y libaneses. Sólo por razones políticas y tácticas hablamos de la existencia de un pueblo palestino, ya que los intereses nacionales árabes demandan que postulemos la existencia de un ‘Pueblo palestino’ distinto para oponerse al sionismo”.

De hecho, la propia Organización para la Liberación Palestina (OLP) fue creada por la Liga Árabe recién en 1964, durante una Cumbre en Alejandría a instancias del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser.

 

Reproducción fidedigna (Copy and Paste) de la revista del Medio Oriente www.revistamo.org

PorMax Stroh Kaufman

Conversion al judaismo – Preguntas y respuestas

Conversion: preguntas y respuestas

Pregunta de uno de nuestros lectores: ¿Puede un joven convertirse al judaísmo sin el consentimiento de los padres?

Hay que tener en cuenta como primer aspecto para resolver esta inquietud es que, el judaísmo no es un movimiento proselitista, porque sobreentiende que no hace falta ser judío para merecer la gracia del Todopoderoso y un lugar en el Mundo Venidero (Olam HaBá)…

Sin embargo, encontramos en el judaísmo, que siempre estará abierta la posibilidad de convertirse, para llegar a ser judío.

El proceso para ello, recibe el nombre hebreo de “Guiur” (Conversión) el cual es, en términos generales, es muy simple.

Consiste de cuatro pasos básicos:

  • 1) Circuncidarse (en el caso de un hombre) con el cumplimiento de las oraciones que son exigidas en el proceso de la conversión y las cuales confirman su adhesión al pacto:
  • 2) Sumergirse en una Mikve (baño ritual) ;
  • 3) Cumplir con un período de estudio (1) y
  • 4) Aceptar el cumplimiento de la Torá en su totalidad; estos pasos tienen que ser realizados o verificados ante y por un tribunal rabínico válido. Para poder llegar a estos pasos, se requiere de un periodo de estudio, indeterminado de tiempo, donde la mayoría de los tribunales rabínicos están de acuerdo que, el período mínimo, debe de ser de un año, en la forma más intensiva posible, para que así logre comprometerse sinceramente a observar la ley judía.

También hay que tener en cuenta que el judaísmo no es un negocio y al judaísmo no le interesa que la gente se convierta únicamente por interés, porque, se ve, con mucha frecuencia, que los matrimonios mixtos o intercongregacionales, buscan “el afán de la plata,” sobre todo, porque todos los judíos son ricos o simplemente por complacer a los papas del novio/novia judíos;

Tampoco le interesa que él o la conversa puedan viajar a Israel con los mismos derechos del nacional, ni para el que se emociona con la bandera de Israel, canciones hebreas, ropas negras y trenzas en las sienes.

igualmente, el judaísmo no está interesado en tener miembros de una comunidad que se han convertido, solo porque es “moda”: recordemos que, El Eterno, no discrimina negativamente por su origen, ni por raza, ni mucho menos por la nacionalidad; sino que retribuye con Justicia y Misericordia a cada persona de acuerdo a sus actos y no se necesita, como mencionamos previamente, de ser judío para recibir lo que el Todopoderoso tiene para cada uno de sus hijos.

Hagamos una analogía de lo que sería el proceso de conversión al judaísmo:

Un ciudadano nacido en cualquiera de los países de América Latina, ama profundamente a “la Nación del Norte (E.U.A)”, admira su desarrollo científico e intelectual, le agrada su estilo de vida, en sus sueños y en sus más grandes anhelos está el viajar a los EUA y radicarse allá, trabajar y vivir y volverse un “ciudadano americano,”

Lo primero que necesita es, aprender inglés y sus costumbres:

Lo segundo, es viajar, para radicarse en alguna de las ciudades de ese país: dependiente de la forma de ingreso a esa nación (legal o ilegal) tendrá que esperar algún tiempo para aplicar a la solicitud y obtener la respuesta…

En el momento en que esta llegue, deberá pasar por un examen, ante una entidad estatal, que le examinará los conocimientos históricos y políticos que tiene sobre dicha nación, le verificará que tiene ingresos suficientes para que no dependa de la “caridad” y le intentará hacerse arrepentir de la toma de la decisión al informarle que su comportamiento tiene que ser mucho más digno que el del ciudadano corriente, que el nacional, porque tendrá “muchos ojos observándolo” para que no incurra en ningún tipo de delito…

El judaísmo le da al converso un “estatus” de neonato (2) y le asegura que tiene que ser mucho más diligente en la práctica de las mitzov que el nacido en el judaísmo: mientras que un judío de nacimiento es judío a pesar de todo lo que piense, hable o haga, y la misma Torá lo determina, los rabinos te preguntan ‘¿Quién te obliga a convertirte en judío?´ ¡Es preferible que no se convierta y que siga cumpliendo con su misión en la vida como no judío, a que se convierta en judío y caiga en infracción!

 

Repasemos entonces: hay judíos de nacimiento, y judíos por opción.

El primero fue quien por condiciones determinadas por la halajá, recibió todos los derechos, en forma automática, porque nació de una madre judía; el segundo, se convirtió según la ley judía.

Los dos tienen un alma judía (3), pero uno la recibió a través de los medios biológicos; el otro, por los medios legales, pero dos cosas debemos recordar:

  • La primera, que literalmente, todos nosotros descendemos de conversos, desde el punto de vista que nuestros antepasados estuvieron de pie hace más de tres mil años en el Monte Sinaí, haciendo la misma aceptación de la Torá que hoy en día hace un converso.

Nuestros antepasados pasaron por una forma de conversión, por lo que nosotros, sus descendientes, somos irreversiblemente judíos…

  • La segunda cosa es que, hoy en día se requiere de una aceptación por un Bet Din para que confirme este estatus: sin embargo, es el comportamiento real y honesto lo que determina la “real conversión” como le correspondió, en su momento, a Abraham Avinu, y a Ruth la Moabita.

Muchos se preguntan y esto es parte también de la pregunta de nuestro lector, es, si la edad se constituye en un factor limitante para realizar la conversión.

Hay que recordar a que edad Abraham Avinu realizó su circuncisión, y ello nos demuestra que no hay edad límite; sin embargo, si el asunto se trata de menores de edad civil, los padres, son los que han de dar la autorización correspondiente:

¿Cuál es esa minoría de edad civil?

Antes de la Bar/Bat Mitva: si no hay padres, porque fallecieron, el menor de edad, dicen algunos estudiosos de la halajá que, por el hecho de tener que rezar el kadish,  adquiere un estatus religioso equivalente a la mayoría de edad, y por ello puede tomar la decisión de convertirse.

Por supuesto que tiene que haber un rabino que oriente a este menor de edad, en los pasos que va a asumir, en algunos casos, buscarle una fuente de financiación para que costee los gastos que la conversión implica, y llevar al joven a la Bar/Bat Mitva y en el caso del hombre, verificar que se realice una circuncisión quirúrgica y posterior a ello, la verificación de “la gota de sangre”.

Hoy en día existe, en todo el mundo, un movimiento judío general que busca a los llamados benei anusim, benei Efraim o Efraimitas, judíos sefarditas, o descendientes de las tribus perdidas, para reintegrarlos a la vida judía: sin embargo, sigue  dominando el concepto que se requiere de un tribunal rabínico para garantizar la “transparencia” del proceso: mientras menos ortodoxo sea el tribunal, menores serán las exigencias pero, no hay garantía absoluta que su conversión sea garantizada o aceptada internacionalmente y, especialmente, en el estado de Israel:

La decisión de buscar un tribunal ortodoxo, para realizar la conversión, depende de cada individuo, de dónde se sienta más a gusto, y dónde sepa que va a ser aceptado.

Inclusive, existe la comunidad judía Karaíta, que es la que no está de acuerdo con la Torá Oral (Torá she BealPé), que también realiza procesos de conversión.

Todo depende del individuo.

 

 

 

(1)    El movimiento conservador (masortí) internacional sugiere además la lectura de algunos libros como estos:

  • Abrazando el judaísmo, por Simcha Kling, revisada por Carl M. Perkins (Asamblea Rabínica, 1999). Libro del rabino Kling es un texto utilizado por muchos conversos judíos conservadores.
  • Su gente, mi gente: Encontrar Aceptación y cumplimiento como un Judio por elección, por Lena Romanoff con Lisa Hostein (Jewish Publication Society, 1990). Esta es una herramienta fácil de leer manual escrito por un converso de otros conversos.
  • Elegir el judaísmo, por Lydia Kukoff (UAHC Press, 1981). Este libro, además de un converso, analiza la conversión desde una perspectiva judía de la reforma.
  • Convertirse en un Judio, por Maurice Lamm (Jonathan David, 1991). El rabino Lamm presenta la conversión desde un punto de vista judío ortodoxo.
  • El libro de la creencia judía, por Louis Jacobs (Behrman House, 1984). Rabino Jacobs explica claramente las ideas básicas del pensamiento judío.
  • El libro de la práctica judía, por Louis Jacobs (Behrman House, 1987). En este volumen complementario, el Rabino Jacobs describe muchas de las prácticas religiosas judías centrales.

(2)    el Talmud (Ievamot 48b) utiliza al hablar de ‘conversos´ (auténticos): ‘Guer shenitgaiér kekatán shenolád dami´. Quiere decir: Un converso que se convirtió está considerado como un bebé recién nacido

(3)    Nuestros sabios explican el concepto del alma judía de la siguiente manera: Un converso auténtico es una persona que, aunque haya nacido de un vientre no judío, nació con una Neshamá, un alma judía.

Es esa Neshamá, la que le empuja a ‘convertirse´.

O sea, en cierta manera, podemos decir que nació (destinado o con una predisposición a convertirse en) ‘converso´.

Por ese motivo es que se le compara con un ‘bebé recién nacido´. Un bebé recién nacido, hace nueve meses que existe.

La diferencia entre el momento antes de nacer y después de nacer es que antes de nacer no es un ser independiente.

Del mismo modo, un ‘converso´ antes de pasar por el proceso de conversión se considera como un judío en estado ‘embrionario´ y no tiene las responsabilidades de un judío.

Una vez que se convierte, se transforma en un judío pleno.

 

18 de agosto de 2013 – 12 de Elul de 5773

 

PorMax Stroh Kaufman

Herodes El Grande

El rey Herodes

El viaje final del rey.

El Museo de Israel, en Jerusalém, estrenó la primera exposición del mundo sobre la vida y el legado de Herodes el Grande, uno de las figuras más influyentes y controvertida de la historia romana y judía.

A partir del 13 de febrero de 2013, y hasta el 5 de octubre de 2013, la histórica exposición de Herodes el Grande denominada El Viaje Final del Rey, presentará alrededor de 250 piezas arqueológicas procedentes de la recientemente descubierta tumba en Herodión, así como de Jericó y otros sitios relacionados, para arrojar nueva luz sobre el impacto político, arquitectónico y estético del reinado de Herodes entre los años 37 a 4 antes de Cristo.

Entre los objetos expuestos, todos los cuales han sido sometidos a una intensa restauración en el Museo de Israel para el propósito de la exhibición, estarán tres los sarcófagos de la tumba de Herodes y los frescos restaurados de Herodium, el baño privado del palacio de Chipre, elementos de piedra tallada nunca antes vista del Monte del Templo, y un lavabo de mármol que es un regalo de Augusto.

En el año 2007, después de una búsqueda de 40 años, el renombrado arqueólogo y profesor Ehud Netzer, de la Universidad Hebrea de Jerusalén descubrió la tumba del gobernante en Herodión en el borde del desierto de Judea.

El sitio incluye un palacio fortaleza y un complejo de ocio con jardines, piscinas, saunas de grandes decorados, y un teatro con una caja real.

En sus últimos años, Herodes reconfiguró la arquitectura del complejo para preparar el escenario necesario para la realización de una procesión fúnebre y que se construyera un magnífico mausoleo orientado hacia Jerusalém.

La exhibición del museo está dedicada a la memoria del profesor Netzer, quien murió en 2010 en el lugar de este descomunal descubrimiento.

“El profesor Ehud Netzer coronó décadas de excavación del Herodium con su descubrimiento de la tumba del rey Herodes en el año 2007, y durante los últimos cinco años, los arqueólogos que han excavando el sitio, han hecho notables descubrimientos que han profundizado nuestra apreciación acerca del logro del profesor Netzer, enriqueciendo nuestra comprensión acerca del reinado de Herodes, y su papel en la historia de la región “, dijo James S. Snyder, director del instituto Anne y Jerome Fisher. ”

Estamos muy orgullosos de los trabajos de restauración logrados por nuestro personal, el cual ha sido capaz de completar estos importantes hallazgos, para ser presentados al público por primera vez en una exposición que describirá un período crucial en la historia de la Tierra de Israel. ”

La exhibición de Herodes el Grande: El viaje final del rey se organizará en torno a la ruta de la procesión funeral de Herodes cuidadosamente planeada, desde la sala del trono en el palacio de invierno en Jericó, a través de Jerusalém, hasta llegar a su tumba en el Herodión.

Los temas centrales de la exposición incluyen el impacto de Herodes en el paisaje arquitectónico de la Tierra de Israel, y sus complejas relaciones dentro del Imperio romano, y su muerte y entierro:

El funeral del rey Herodes en el 4 antes de Cristo, comenzó en su lujoso palacio de invierno en Jericó y terminó en su fortaleza y palacio de Herodium, donde fue enterrado en un mausoleo especialmente construido para él en dirección a Jerusalém.

El último viaje del Rey se presentará a través de reconstrucciones de elementos arquitectónicos especiales de Jericó y Herodium, incluyendo la sala del trono del palacio de Jericó, donde estaba el cuerpo de Herodes y la cámara funeraria de su mausoleo.

El viaje Final del Rey está organizado por el Museo de Israel y comandado por David Mevorah, Curador despecializado en la época helenística, romana y bizantina, y la Dra. Silvia Rozenberg, Rodney E. Curador Senior de Arqueología Clásica.

La exposición se acompaña de un amplio catálogo de 250 páginas, publicado por el Museo de Israel, acompañado de la primera publicación del complejo de tumbas y otros hallazgos en el Herodión.

El Museo de Israel es la mayor institución cultural en el Estado de Israel y se encuentra entre los museos de arte y arqueología líderes en el mundo. Fundado en 1965, el Museo alberga colecciones enciclopédicas que van desde la prehistoria hasta el arte contemporáneo e incluye las colecciones más grandes acerca de la arqueología bíblica de Tierra Santa, en el mundo, entre ellos, los Rollos del Mar Muerto.

En poco más de 45 años, el Museo ha construido una colección de largo alcance de cerca de 500.000 objetos a través de un legado incomparable de regalos y el apoyo de un círculo mundial de mecenas.

La exhibición quiere dar un reconocimiento a la capacidad constructiva del rey Herodes, quien es conocido por sus proyectos de construcción a gran escala, los cuales transformaron el paisaje de la Tierra de Israel. Además de su más famoso logro, la renovación y la reconstrucción del Templo en Jerusalém, Herodes construyó también elaborados palacios, fortalezas, edificios públicos, templos paganos, y las ciudades que reflejan la integración de las tradiciones locales de construcción y materiales con tecnología y estilo romanos. Amplias actividades de construcción de Herodes se desean ilustrar en la exposición a través de los elementos arquitectónicos y fragmentos arqueológicos de varios sitios, incluidos Jerusalém, Jericó, Chipre y Herodium.

17 de febrero de 2013 – 07 de Adar de 5773