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PorMax Stroh Kaufman

Hablando de honestidad, parábola jasídica.

Hablando de honestidad, parábola jasídica.

Veamos una parábola muy común utilizada en las Yeshivot …

Dos amigos se encuentran camino al Beit Hakneset, muy temprano en la mañana.
-¡Hola Shimon! ¿Cómo estás? ¿Todo va bien?
-¡Moishe, que gusto verte! ¡Buen día!
Y mientras siguen juntos su camino se entabla una extraña conversación:
-Dime, Shimon, ¿me permites hacerte una pregunta?
-Claro, ¡Por supuesto!
-¿Tú sabes para que vino cada persona a este mundo?
-¿Qué clase de pregunta es esa? Me extraña…
-Sí, sí. Te pido que me respondas. Para qué vino el hombre al mundo?
-Para estudiar Torá… para cumplir Mitzvot… para hacer favores…
-Y, ¿Qué ganamos con eso?
-¡Me extraña de ti Moishe! ¿Acaso te estás alejando del camino?
-No, para nada, pero quiero saber tu opinión.
-Cumpliendo la voluntad de Adonai, recibiremos pago por eso en el mundo verdadero.
-¡Es correcto! Bueno, nos vemos.


Dice Moishe, dando así por concluida la conversación, y ambos amigos se separan pensativos dirigiéndose cada uno a sus respectivos lugares de Tefilá.

Al final del día, nuevamente se encuentran Moishe y Shimon, a la salida del Beit Hakneset, luego de la Tefilá de Arbit.
-Hola Shimon, ¿Recuerdas lo que hablamos esta mañana? pregunta Moishe, ¿recuerdas cual fue mi pregunta?
-¿Otra vez con eso? ¿Es que te has vuelto loco? ¿Hay algún problema te este generado estas dudas? ¿Tienes o quieres contarme algo?
-Este no es simplemente un problema… ¡es una realidad!
-¿Podrías ser más claro y explicarme de que me estás hablando?
-¿Recuerdas mi pregunta de esta mañana?

Resulta que después de nuestra conversación te seguí, y observé tus acto durante todo el día sin que te dieras cuenta: en primer lugar, entraste al Beit Hakneset a la mitad de un Minian, y te fuiste antes que termine la Tefilá, se ve que justo hoy tenías algo urgente que hacer… corriste al negocio.

Ya allí me pareció escuchar palabras desagradables saliendo de tu boca, pero seguramente entendí mal.

Luego te equivocaste al pesar la mercadería que le vendiste a ese señor canoso, tan agradable, y luego con el vuelto de aquella anciana…

Al mediodía, cuando saliste a almorzar, sin darte cuenta, justo miraste para otro lado cuando un pobre te estaba pidiendo algunas monedas…

Y cuando llegaste a tu casa, no tenías en tu cara una expresión muy feliz al ver a tu familia.

Y hace un rato, en el Shiur de Torá de la noche, te vi cabeceando, seguramente tenias una pregunta de Guemará y fuiste a preguntar al Shamaim cual era la respuesta…

No coincide esto con tus respuestas de esta mañana… Por eso te vuelvo a preguntar…

Hablando de honestidad…

20 de noviembre de 2017 -02 de Kislev de 5778

PorMax Stroh Kaufman

Honestidad: Leyenda del Talmud

Honestidad: Leyenda del Talmud

 

Honestidad: ¿Que dice el judaísmo al respecto?

Revisemos el concepto, con la siguiente leyenda del Talmud

Hace muchos años, cuando el Templo de Jerusalém estaba en pie, vivían allí dos tenderos llamados Rabí Elazar ben Tzadok y Aba Shaul ben Botnit.

Los dos hombres eran vecinos y amigos y se conocían de toda la vida. Pero además de ser amigos, compartían un rasgo de carácter maravilloso y raro – una honestidad absoluta y estricta.

Está relatado en el Talmud que como favor a sus prójimos judíos, estos dos hombres preparaban reservas de vino y aceite antes de cada fiesta para que los vecinos de Jerusalém tuvieran lo que necesitaban para celebrarlas apropiadamente.

Decenas de miles de judíos venían a Jerusalém para las fiestas y se les daba la bienvenida en casas a lo largo de la ciudad.

Con tantos invitados, no era ninguna maravilla que sus corteses anfitriones a veces quedaran sin aceite o vino durante una fiesta.

Siempre que eso pasaba, podían ir a lo de Rabí Elazar o Aba Shaul y tomar lo que necesitaban.

 

 

Claro, ningún dinero se puede usar en las fiestas, pero no faltaba de esas dos necesidades para preparar las comidas festivas.

Incluso durante los días del intermedio de las fiestas de peregrinación de Sucot y Pesaj, los dos generosos comerciantes preparaban de antemano y dejaban disponible su mercadería a aquéllos en la necesidad, para poder pasar su tiempo estudiando Torá.

No sólo practicaban estos hechos de gran bondad, sino incluso en los días laborables eran excelentes en su adhesión a la Mitzvá de la honestidad.

Cuando terminaban de colocar los volúmenes de uno de sus recipientes en el recipiente de un cliente, dejaban el suyo encima del recipiente cliente y permitían que las jarras gotearan en el receptáculo del comprador.

Sólo entonces estaban seguros que le habían dado todo lo que le pertenecía.

A pesar de sus esfuerzos, los dos rabinos temían que un poco de aceite y vino se había aferrado a los bordes de los jarros.

¿Qué hacían?

Cada uno tenía un recipiente especial en el que volcaba las últimas gotas. Durante muchos años, llenaron trescientos barriles de aceite y trescientos barriles de vino.

Un día, decidieron traerlos al Templo Santo.

Después de todo, no los consideraban de su propiedad, y tampoco podían darlo a los clientes.

Decidieron consagrarlo. Se reunieron con los tesoreros del Beit HaMikdash.

“¿Qué han traído?” preguntaron.

“Hemos traído trescientos barriles de vino y trescientos barriles de aceite para el uso en el Templo.

Nos ha tardado muchos años juntarlo, del goteo de los lados de nuestros jarros.

No quisimos beneficiarnos con algo que no nos pertenece, y tampoco podíamos darlo a nuestros clientes.”

“No era necesario guardar esos pequeños sobrantes,” comentaron los tesoreros.

“Sus clientes entienden que las gotas se adhieren a los lados de sus jarros, y saben que habrá un poco de pérdida.”

“No obstante,” los hombres continuaron “No queremos nada que no es legítimamente nuestro”

“Ya que desean guardar esta alta norma, aceptaremos su ofrenda.

El aceite y el vino se usarán para el bien de la comunidad.

Los venderemos y de las ganancias excavaremos pozos de agua para los peregrinos en las fiestas.

Los residentes de la ciudad también podrán usarlos.

Así que, incluso sus propios clientes, se beneficiarán con su ofrenda, y ustedes estarán tranquilos.”

Los dos comerciantes dejaron el Templo Sagrado con sus corazones llenos de alegría, sabiendo que nunca cedieron de sus costumbres de honestidad estricta y bondad.

18 de Noviembre de 2017 – 29 de Jeshvan de 5778