La muerte de Moshe

LA MUERTE DE MOSHE:

Moshé Fallece en Har Nevó

 

Esta es una enseñanza, sobre la muerte de Moshe, de nuestros sabios que está redactada en el Midrash de la siguiente manera:

Luego de haber concluido las bendiciones, Moshé le dijo al pueblo,

«Estoy por morirme. Les he causado muchas molestias al reprocharles por el incumplimiento de la Torá y las mitzvot. ¡Perdónenme ya!»

Ellos respondieron,

«Nuestro Rabino y Maestro, estás perdonado. Ahora perdónanos tú a nosotros; a menudo te hemos hecho enojar y te hemos causado problemas».

«Los perdono», respondió Moshé.

Hashem le dijo a Moshé:

«No esperes más. Asciende al Monte Nevó».

Moshé cumplió inmediatamente. Había doce niveles que conducían a la cima del monte pero Moshé los subió todos de un solo salto (tan ansioso estaba por cumplir la Voluntad Divina).

Su fuerza a los ciento veinte años era como la de su juventud.

Parado en la cima de la montaña, Moshé vio a Eretz Israel.

Así Hashem le concedió su deseo de ver la Tierra, Allí Moshé la bendeciría, facilitándole a Bneí Israel su conquista.

El Todopoderoso le permitió a Moshé ver lugares que su sucesor Yehoshúa nunca pisaría.

En especial Hashem le mostró lugares de peligros o desgracias futuras motivando así a Moshé a rezar por la seguridad y el bienestar de su pueblo.

Moshé, más adelante, tuvo la visión de la historia futura de Bnei Israel hasta los tiempos mesiánicos.

Vio a Yehoshúa luchando contra los treinta y un reyes de Éretz Canaán; vio la era de los jueces, el reinado de la casa de David y al rey Shelomó preparando vasijas para el Beit Hamíkdash.

Incluso previó la guerra pre-mesiánica contra Gog y Magog y anticipó la caída de Gog.

A Moshé, al morir se le concedió un pedido que previamente le había sido denegado:

Cuando Moshé le había pedido a Hashem: «Por favor, revélame Tus modos de manipular los asuntos de este mundo»,

El Todopoderoso le había respondido: «Ningún hombre puede verme a Mí y continuar viviendo».

Pero antes de morir, Moshé fue digno de esa comprensión (a Moshé se le otorgó esa concesión). Así, finalmente llegó al quincuagésimo y último ‘peldaño de sabiduría’.

En la época del fallecimiento de Moshé, Hashem quiso demostrar a las huestes Celestiales la grandeza de Moshé. En consecuencia, llamó al Ángel Gabriel y le ordenó: «Ve y tráeme el alma de Moshé».

«Amo del Universo, ¿cómo puedo provocar la muerte de un ser humano que equivale a seiscientos mil judíos?»

«Ve tú, entonces», ordenó Hashem a Mijaél.

«No puedo soportar verlo morir», respondió Mijael.

«Yo solía ser su maestro». (Mijaél es el ángel de la Misericordia, el que le enseñó a Moshé a defender a los judíos).

Entonces el Todopoderoso recurrió a Samael (que es Satán),

«Ve y tráeme el alma de Moshé».

Samaél tomó su espada (el espíritu de tumá -impureza- con el cual esperaba derrotar a la kedushá -santidad- de Moshé) y bajó rápidamente hacia Moshé.

Encontró a Moshé escribiendo el Nombre de Cuatro Letras de Hashem en un Sefer Torá todavía incompleto.

El rostro de Moshé brillaba como el sol y se asemejaba a uno de los ángeles.

Samaél se asustó de Moshé. «Ningún ángel puede llevarse el alma de Moshé», pensó. Comenzó a temblar y no fue capaz de emitir palabra.

Pero Moshé se había apercibido de la presencia de Samaél aun antes de que el ángel se revelara.

«Tú, maldito, ¿qué estás haciendo aquí?» preguntó Moshé severamente.

Samaél se armó de coraje y contestó, «Vine a llevarme tu alma».

«¿Quién te envió?» preguntó Moshé.

«El Creador de todo», respondió Samaél.

«Ciertamente, El no quiere que tú te lleves mi alma (más bien El desea que yo te derrote)«, dijo Moshé.

«Yo me llevo las almas de todos los seres humanos», insistió Samaél,

«Esta es la ley natural del universo».

«Pero yo no estoy sujeto a las leyes de la naturaleza», insistió Moshé.

«Yo soy el hijo de Amram. Soy sagrado desde mi nacimiento, ya que nací circuncidado y por eso no fue necesario hacerme el brit milá. Pude hablar y caminar desde el día de mi nacimiento (como Adam antes de pecar).

«Cuando tenía tres años profeticé que recibiría la Torá. (Por esta razón Moshé se negó a tomar la leche de una egipcia cuando la hija del Faraón lo encontró).

Siendo aun un niño en el palacio del Faraón, le quité a éste la corona de su cabeza (señal de la futura caída del Faraón).

Fue cuando cumplí los ochenta, El Eterno realizó muchos milagros en Egipto por mi intermedio y saqué seiscientos mil judíos en pleno día ante la mirada de los egipcios.

Dividí el Mar en doce partes.

Transformé aguas amargas en dulces (en Mara en el desierto).

Yo residí en el firmamento, discutí con ángeles que no querían entregar la Torá de fuego, y permanecí cerca del Trono Celestial de Gloria para conversar con el Todopoderoso cara a cara.

Yo fuí quien entregué la Torá y los secretos de los ángeles a la humanidad.

Luché contra los poderosos gigantes Sijón y Og que habían sobrevivido al Diluvio.

Hice detener al sol y a la luna durante la batalla y yo mismo eliminé a Sijón y a Og.

¿Cuál otro de los humanos sería capaz de hacer todo esto? (Por eso, la ley natural que te permite llevar el alma humana no es aplicable a mi persona)».

Samaél volvió hacia Hashem reconociendo su derrota.

Hashem ahora le confirió aún más fuerza y le ordenó volver hacia Moshé. (El Eterno quería que Moshé lograra una victoria aun mayor sobre el Satán).

Luego vino Samaél y revoloteó sobre la cabeza de Moshé y desenvainó su espada.

Moshé golpeó al ángel con todas sus fuerzas con la vara sobre la cual estaba grabado el Nombre de Adonai. Samaél huyó.

Moshé lo alcanzó y lo encegueció con los Rayos de Gloria que emanaban de su rostro.

Una Voz Celestial proclamó: «¡Ha llegado el momento de tu muerte!

«Por favor, no me entregues al Ángel de la Muerte», le rogó a Hashem, Moshé.

«Recuerda cómo te serví en mis años mozos, cuando Tú Mismo te revelaste ante mí en la zarza y cuando estuve en el Har Sinai durante cuarenta días y cuarenta noches y trabajé arduamente para aprender la Torá».

«No temas», proclamó la Voz Celestial.«Yo Mismo me ocuparé de ti».

Moshé se levantó y se preparó para la muerte, santificándose como uno de los ángeles.

Hashem descendió junto a los ángeles Mijael, Gabriel y Zagzagael.

Mijael preparó el lecho de Moshé; Gabriel extendió un paño de lino sobre su cabeza; y Zagzagael otro paño sobre sus pies.

El Todopoderoso dijo. «Moshé, cierra los ojos».

Y fue así como Moshé lo hizo.

«Coloca las manos sobre el pecho», ordenó el Todopoderoso.

Y Moshé obedeció.

«Junta los pies», El ordenó.

Luego de ello, Moshé obedeció.

Hashem requirió el alma de Moshé.

«Hija mía», dijo El al alma. «Planifiqué que permanecieras en el cuerpo de Moshé durante ciento veinte años. Ahora lo debes abandonar, no te demores».

El alma respondió, «Amo del Universo, ¿acaso hay un cuerpo más puro que el de Moshé? Yo lo amo y no deseo abandonarlo».

«Yo te abasteceré con los ángeles bajo Mi Trono de Gloria Celestial», prometió Hashem.

«Es mejor para mí permanecer en el cuerpo de Moshé que mezclarme con los ángeles», protestó el alma.

«El es puro como un ángel, a pesar de que vive en la tierra; por otra parte, Tú una vez le permitiste a dos ángeles, Uza y Azael, vivir entre los humanos y se corrompieron, Moshé no convivió con su mujer desde el día en que Tú le hablaste desde la zarza (según una opinión. Según otros, desde Matán Torá).

«Por favor, déjame en el cuerpo de Moshé».

Luego de escuchar al alma atestiguar acerca de la pureza del cuerpo de Moshé, Hashem, por así decirlo, besó a Moshé.

Fue entonces cuando el alma experimentó el irresistible placer de la presencia Divina (que fue aun mayor que el placer de estar en el cuerpo de Moshé) y retornó con Hashem.

 

03 de Marzo de 2012 – 09 de Adar de 5572

 

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